Me verás volver.

El título lo tomé prestado. Esta vez, la creatividad para los titulares vino de la mano de una amiga (gracias, Meli). Si te suena de algún otro lado, en este caso, no tiene demasiada importancia.

El motivo de este post es que escribí una crónica sobre mi paso por la universidad que, a esta altura de mi vida, es como ir a probarse a un club para ver si quedás seleccionado (y una vez más, no quedé).

Sin embargo, de todo esto que parece terrible, saqué muchas cosas interesantes y, como suele pasar, también conocés gente interesante, de una lado y del otro del aula.

Mi derrotero lo narro a través de esta pequeña crónica que tanto me gustó escribir. Además, quiero agradecer a Luz Marus y Fran Cascallares, directora y editor de la Revista La Única de Buenos Aires por permitirme participar en esta edición.

Cosas que pasan, gente que se queda. Historias que contar.

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La identidad tras la doble identidad.

    “Toda cultura supone un ‘nosotros’, que es la base de identidades sociales. Éstas se fundan en los códigos compartidos, o sea, en formas simbólicas que permiten clasificar, categorizar, nominar y diferenciar. La identidad social opera por diferencia, todo ‘nosotros’ supone un ‘otros’, en función de rasgos, percepciones y sensibilidades compartidas y una memoria colectiva común, que se hacen más notables frente a otros grupos diferentes, con los cuales la comunicación encuentra obstáculos.

    En toda sociedad conviven grupos diferenciados cuyas identidades sociales se constituyen en torno de diversas variables, como sus peculiares formas de percepción, comunicación e interacción, adscripción social y generacional, origen étnico o de clase. La otredad es una condición común, aunque la distancia social y simbólica que nos separa de un ‘otro’ puede ser mayor o menor y variar en su carga afectiva y valorativa. Por ende, el ‘otro’ es condición normal de la convivencia social y base de toda identidad colectiva, pero varía la distancia que nos separa del ‘otro’, el grado de ‘otredad’, de extrañeza, y también la carga afectiva y la actitud apreciativa con que nos relacionamos con la ‘otredad social’ en general y con determinados ‘otros’ en particular.”

Extracto del capítulo “Cultura y discriminación social en la época de la globalización” de Mario Margulis (extraído del libro “La segregación negada: cultura y discriminación social” de Mario Margulis, Marcelo Urresti y otros de Editorial Biblos).

Durante mucho tiempo vi en otros el “frikismo” del fan, incluso llegué a caracterizarlos de acuerdo a sus actitudes, vestimenta, etc. Veía que habitualmente las mujeres eran más sueltas, dadas y hasta que arrastraban menos complejos (si existieran dichos complejos). Sin embargo, el estereotipo de hombre con remera del superhéroe de turno, mochila con el logo de Nerv (de la serie Evangelion o los morrales multipin de todas las series correspondientes), actitud de “no quiero llamar la atención” y una cierta incapacidad para comunicarse (y ante la mínima pregunta o acercamiento de otra persona, el color rosa de la cara se pasaba a ser de un rojo demoníaco) solían ser, según mi criterio, los más esquivos en el trato.

Y estas actitudes esquivas me llevaron a pensar porqué esa misma persona tiene una actitud diferente cuando está dentro de ese círculo del cual forma parte con otros chicos como él/ella. Trekkies, otakus, fans de comics, de series de toda índole y los amantes del cosplay (Costume Play, difraces) que abarcarían a todos los anteriormente mencionados.

Los lazos culturales son los que estrechan relaciones y aglutinan a una comunidad, pero en una época donde lo que prevalece es la diversidad, aún se mira de soslayo al que opta por ser diferente o al que simplemente, por naturaleza, lo es. Esto va desde la vestimenta, el pelo y hasta la condición sexual. Siento que igual, más allá de la diversidad, la globalización, internet, el mundo se homogeiniza perdiendo ciertos rasgos culturales distintivos para empezar a formar todos parte de una nueva cultura en la que se mezclan muchos elementos de la cultura pop. Perder las raíces sería una pena porque es nuestra identidad misma como personas componentes de las comunidades que hacemos y formamos parte del país. La cultura pop vivió siempre entre nosotros y siempre hubieron grupos homogéneos (en look e ideas o ideales) y siempre, como parte también de esta cultura estuvieron los movimientos contraculturales.

Animate, noviembre 2012.
Animate, noviembre 2012.
Animate, noviembre 2012. Un ícono de mi infancia, La Momia de los Titanes en el Ring, una parte de esa cultura popular argentina.
Animate, noviembre 2012. Un ícono de mi infancia, La Momia de los Titanes en el Ring, una parte de esa cultura popular argentina.
Animate, noviembre 2012. un momento para superhéroes.
Animate, noviembre 2012. un momento para superhéroes.
Animate, noviembre 2012.
Animate, noviembre 2012.
Animate, noviembre 2012.  Producción y mucho color, las ganas de vestirse, pintarse y desvestirse y pasearse para frenar cad 5 metros para una foto.
Animate, noviembre 2012. Producción y mucho color, las ganas de vestirse, pintarse y desvestirse y pasearse para frenar cad 5 metros para una foto.

“Mamá, soy distinto.” Es el día de hoy que se lo sigo diciendo y mi vieja se sonríe y agrega: “No me cabe duda, nene.”

Siendo el mayor y único varón cargué el estigma de ciertas acusaciones. Siendo adolescente mi  viejo entendía que la forma de madurar era dejar esas revistitas dibujadas (comics), la campera de cuero, las cadenas, los aros, etc. Pero en ese momento, él se olvidaba de que en mi casa, desde que yo tuve uso de la razón y ciertos recuerdos casi consistentes, se leían las revistas Hum®, D’artagnan, El Tony, Intervalo, Nippur Magnun y Skorpio. Después de muchas peleas logré salirme con la mía y mis comics se quedaron en casa pero los reprimí por un tiempo (casi toda mi adolescencia pasaron a formar algo de lo cual yo no hablaba y que había dejado de consumir de manera abrupta).

Tal como les decía, después fueron las tachas, las cadenas y colgantes, campera de cuero y pantalón chupín. Mucho Ramones, Iron Maiden y vinieron los aros y los cortes raros de pelo. Esos raros peinados nuevos y mis flamantes aritos me hicieron hombre al grito de “sos un puto de mierda”. Pero la rebeldía pierde sentido si uno abdica y deja aquello por lo que se apasiona de lado. Esta es una anécdota más que para muchos puede resultar hasta familiar. Entonces me pregunto, ¿por qué tratar de ‘friki’ a otros que como yo decidieron mostrar su sentir de la manera que eligieron? ¿Alguien los obligará a ir por la calle con los tres trapitos que definen el traje de Naruto o la piel de la Princesa Mononoke? Creo que no, simplemente yo no lo haría y nada más.

La estigmatización de quienes deciden disfrazarse no tiene sentido. Es dañina y no soluciona nada. Me tocó estar en Animate hace unos días y apareció un grupo de chicos, los dos varones vestidos con ropa similar a la de un artista marcial. Según recuerdo (y creo) venían a representar a ciertos personajes de Street Fighter. Uno de ellos, aparentemente el que sabía de esto de tirar patadas, comenzó a explicarle a su amigo cómo era la toma por la cual se subía sobre su muslo y volteando sobre la espalda del que estaba debajo, le aplicaba un codazo mortal el medio de la mollera. Así se pasaron 2 horas y luego vino la pelea con una chica, simulando un combate que aglutinó no menos de 30 personas alrededor. Una cosa importante: ninguno de estos  chicos había pisado un tatami en su vida.

La muestra de artes marciales.
La muestra de artes marciales.

Yo soy guionista de comics… y me suelo preguntar, ¿qué seríamos sin los fans? ¿Qué valor presupuestario dentro del departamento de marketing de una empresa representaría el trabajo gratuito y desinteresado de estas legiones de fanáticos? ¿Y si algún día dejaran de “venerar” a sus series, películas, animé, comics, etc? ¿Y nosotros qué? Y acabo de recordar que yo mismo soy un fan, un gran fan de mis bandas favoritas, de los comics de Fantagraphics, de la animación, de series y películas, juguetes y hasta de la que para mí fue una de las grandes obras de la ciencia ficción como fue el caso de Dune.

Para estos chicos es lo normal. Es el enlace con sus temas, con su sexualidad, con el compartir su condición de fan en la búsqueda de una identidad en una adolescencia que se comenzó a hacer más duradera. Es como la frase que usé por años y que era parte de un cartel pegado en la puerta de acceso al cuarto de un fan de Spiderman: Tal vez me esté volviendo viejo pero me rehuso a crecer. Y así, vamos posponiendo responsabilidades y momentos con los que no nos queremos cruzar pero que a la larga llegan.

“Las empresas podrían replantearse productivamente sus relaciones con sus consumidores, basándose en principios de legitimidad y reciprocidad más que de legalidad.” Henry Jenkins, Fans, bloggers & videogames

El tema de los fans excede el hecho del disfraz. El fan art, así como el fan fiction terminan por derribar las barreras de la legalidad generando un mundo casi inabarcable de creatividad donde componentes tan humanos como la imaginación, el sexo (en tanto condición sexual y género), la posibilidad de adueñarse por unos momentos de la vida y el mundo de ese personaje, darlo vuelta y volver a armarle su historia. Una de las demostraciones de fan art que me han llamado poderosamente la atención es el caso de Geek Art, site francés dedicado a subir art hecho por fans, celebraciones y reversiones (y por qué no, remixes) de series, videojuegos, películas, comics, animé, manga y cualquier representación de la bendita cultura pop. No contento con ello, este proyecto terminó en un hermoso libro que acaban de presentar hace unas semanas y que aún no está disponible en Amazon USA.

Geek Art y su cuidada versión en papel.
Geek Art y su cuidada versión en papel.

Lo último, una muestra de las tantas que plantea Henry Jenkins en su Convergence Culture acerca de los fans en referencia específica al fan fiction o la escritura hecha por fans. Uno de los duelos más interesantes se dio justamente con Harry Potter, habitualmente contra chicos que no llegaban a los 12 años. Este es un brevísimo extracto.

“J. K.  Rowling y Scholastic, su editorial, habían declarado inicialmente su apoyo a los escritores fans, subrayando que la narración anima a los chicos a expandir su imaginacíón y les faculta para descubrir su voz de escritores. A través de su agente con sede en Londres, la Agencia Literaria Christopher Little, Rowling había hecho una declaración en 2003 describiendo la prolongada política de la autora de  acoger calurosamente  «el enorme interés que sus fans tienen en la serie y el hecho de que ello les haya llevado a probar a escribir».” Cuando Warner Bros. compró los derechos de la película en 2001, sin embargo, los relatos entraron en un segundo régimen de propiedad intelectual, no tan positivo.” EI estudio tenía una vieja práctica de buscar sitias web cuyos nombres de dominio empleaban frases registradas. Se aprobó una ley de marcas para evitar «posibles confusiones» sobre quién produce bienes o contenidos concretos; la Wamer se creía en la obligación legal de controlar los sitios web que surgieran alrededor de sus propiedades. EI estudio describía esto como un proceso de «clasificación», en el que se suspendía cada sitio hasta que el estudio pudiera evaluar lo que éste estaba haciendo con la franquicia de Harry Porter. Diane Nelsen, vicepresidenta senior de Wamer Bros. Family Entertainment, explicaba:

 Cuando excavamos bajo algunos de estos nombres de dominios, pudimos ver con claridad quién estaba creando una pantalla tras la cual explotaba ilegalmente nuestra propiedad. Con los fans no tardábamos muchoen ver que eran solamente fans y que estaban expresando algo vital sobre su relación con esta propiedad. […] Resulta odioso penalizar a un autêntico fan por las acciones de un falso fan, pero teníamos bastantes casos de personas que estaban explotandorealmente a los chicos en el nombre de Harry Potter. “

Una recomendación.

Aunque pueda sonar lejano, quería dejarles este trabajo polaco denominado Circulations of Culture: Mashup (A research report) sobre la cultura del sharing o piratería, como más gusten, pero en tierra polaca. Muy claro y muy bien presentado. Además, cuenta con un paper de este reporte en inglés que también recomiendo descargar.

Neil Gaiman sobre sus libros y la piratería.

Muy claro y breve. Pero como pasa habitualmente, hasta que la TV o algún peso pesado no lo pone sobre el tapete y lo expone tirando por la borda toda la teoría anti copia, no pasa nada, no vale y termina siendo mejor señalar lo que pareciera estar mal que tratar de encontrarle la vuelta. Un tipo como Cory Doctorow, sus libros para descarga gratuita y bajo licencias Creative Commons era, para muchos, un loco. Por supuesto, tuvo que llegar a un acuerdo con su editor para que le permitieran hacer esto en paralelo a la salida de la edición física. Sus seguidores empezaron hace tiempo a enviarle copias de sus libros en diferentes formatos y en sus propios idiomas para poder llegar a mucha más gente, en muchos más lugares y sin la barrera del idioma.

Entonces, tal como menciona Neil Gaiman, muchos de nuestros autores favoritos, comics, bandas y películas han venido de la mano de un amigo (o sea que la obra de ese autor nunca lo compramos).

#StopSOPA

La suma de las partes.

Me resulta muy difícil dejar de lado el trabajo en equipo. Hoy, en otro momento de mi vida, más en solitario y marcando mi propio rumbo, extraño el trabajo en conjunto. Tampoco es que mi trabajo hoy me exija la soledad absoluta al punto del ostracismo. Ahora trabajo de otra manera, solo que el equipo no lo tengo a mi lado.

Tengo claro que soy, en gran parte por aquellos que me rodearon, un tipo de persona, de profesional que posiblemente no habría sido el mismo sin ese aporte, sin las noches interminables con algún pitch impresentable. Todo esto, aunque ya les esté sonando a despedida y tenga el sabor salado y tibio de las lágrimas, no es ni más ni menos que una exaltación de algo que para mí es muy importante: la colaboración.

Según estos chicos de la Real Academia Española en su versión online, colaborar es algo así:

colaborar. (Del lat. collaborāre).
1. intr. Trabajar con otra u otras personas en la realización de una obra.

Stop. Síganme porque voy a andar por un camino paralelo por un momento. Leía hace un tiempo que cuando los japoneses comenzaron a meter sus animé (dibujos animados) a mediados de los años 60 en el mercado occidental, concretamente, en el poco educado país del norte. Imaginen el horror al ver a Astro Boy (1963) o Speed Racer (1967) y para finales de la década llegaron a la conclusión de que el contenido era inapropiado para los pobres niñitos americanos. Aunque debo reconocer que los japoneses siempre fueron un poco más allá y siempre recurro a la misma anécdota: aquellos que hayan recorrido parte de su niñez en los 80 recordarán a Mazinger Z. Hasta acá, nada raro. Pero este dibujo animado contaba entre sus filas con el primer travesti que yo recuerde haber visto en televisión, aun sin saber qué cuernos era un travesti. Y no hablo de otro/a más que el Barón Ashler. Esto, sin profundizar en los “cohetes” de Afrodita o en el Conde Decapitado.

El Conde decapitado
El Barón Ashler.
Afrodita
Afrodita.

Al comenzar la industria del VHS, los fans americanos debieron sortear la barrera del idioma para poder consumir aquel material proveniente de la tierra de los samurais. Misma norma entre países (NTSC) y llegamos a fines de la década del glam rock que dio lugar al inicio del “fansubbing”, como se conocía a subtitular películas provenientes de Japón al inglés. La tecnología lo permitía y todo se hizo más simple. Este trabajo lo realizaban los fans que lograban de esta manera redistribuir el material y ponerlo en manos de otros fans que, por supuesto, no sabían japonés. Creo, a mi entender, que este es un buen ejemplo de colaboración. No sé si habrán habido quejas por parte de las productoras niponas por este accionar que hoy podríamos englobar dentro del concepto “piratería”. Claro que, de no ser por estos fans, habría sido muy difícil lograr avanzar hacia un mercado marcadamente occidental y con ciertos reparos para darle rienda suelta al acceso de los niños a este tipo de material. Stop.

De vuelta al punto inicial.

La colaboración puede tener la desventaja de tener muchas manos involucradas, algo que con reglas claras puede ser muy saludable. Desde Wikipedia hasta comunidades de fanáticos que comparten materiales, opiniones e ideas, generando algo aún mayor que lo que podrían haber hecho (si llegaban a hacerlo) cada uno de sus integrantes por separado, se viene dando esta situación.

Colaborar, trabajar en equipo, es una de las cosas más importantes en mi carrera profesional y está ligada, muy íntimamente, a meterme el ego en el culo. Bien al fondo. Si mi ego pudo ser escondido, creo que en otros ámbitos, un poco de sensatez generaría resultados muy favorables para muchos.

Pienso en las grandes editoriales que miran con espanto como una red distribuye y vende publicaciones apócrifas (así es como las llaman) de sus propias publicaciones originales a mitad de precio en puestos callejeros y en plazas de Buenos Aires. Pienso que ese material no está escaneado, tal vez me cuesta pensar en alguien scaneando las 600 páginas de Harry Potter. Es el mismo pensamiento que me cruza la mente cuando dos semanas antes del lanzamiento oficial, un disco está completito en todos los sitios de descarga. Alguien filtra el material.

A modo de pequeña anécdota, el otro día conocí a un escritor (un verdadero impresentable sin códigos) que está por publicar un libro. La editorial que va a poner eso en la calle le armó un site con muy poca onda y sin tener en cuenta las posibilidades que podrían brindar un espacio en la web como promotor del material. Ante mi pregunta sobre el texto del libro allí colgado, me contestó que solo podía poner 1000 palabras, cuando para mí, lo lógico era colgar de manera gratuita el primer capítulo. La conversación derivó en la siguiente frase: “La editora me preguntó a mí (por el autor) qué era un ebook.”

Con estas capacidades limitadas para generar soluciones ante una situación que pareciera no tener salida alguna, las editoriales, discográficas, etc., solo pueden recurrir a la justicia y a hacer lobby en los parlamentos para hacer valer el poder económico que, por inoperancia propia y falta de capacidad para adepatarse, no pueden seguir manteniendo.

Ya escribí sobre la educación, algo al menos. Si en vez de hacerme comprar 5 ó 6 libros de autores diferentes para leer estudiar solo unos pocos capítulos, la fotocopiadora no tendría sentido, o al menos perdería parte de él. Las casas de fotocopias deben pagar un canon por la fotoduplicación de material con derechos, ¿realmente lo hacen? ¿cómo se controla esto? ¿Se controla? Porque recurrimos a este sistema de copia, muchas veces, por falta de recursos para acceder a todo lo que nos solicitan.

Universidades, escuelas y cualquier entidad educativa podría tener los contenidos específicos de la carrera, materia o plan de estudios. Esto, como opción a la compra innecesaria a la que hice mención anteriormente. Si tomamos aquellos capítulos y autores que son útiles para cada programa, podríamos estar hablando de un libro con variedad de contenidos y autores, material específico para cada necesidad. ¿Las universidades no pueden ponerse de acuerdo para negociar algo semejante con las editoriales? El negocio está en que no se dejan de pagar derechos por “fraccionar” la información. Cada entidad educativa tendrá que pagar la parte correspondiente por el contenido solicitado y ahorrarían varias compras inútiles a los estudiantes. El tema está en que si no saben de qué van las nuevas tecnologías, para qué sirven y cómo sacarles provecho, es muy difícil que puedan pensar de manera colaborativa. Posiblemente esto ya se esté haciendo en algún lugar del mundo, pero me queda esa extraña sensación de que si no lo vemos en un noticiero televisivo, la idea no es válida ni siquiera para tirarla sobre la mesa y conversarla.

Ante todo cambio, la reacción primaria es el miedo a lo desconocido que viene de la mano de la prohibición y ya ven que por más juicios, gente presa, bajas de sites, etc., todo sigue como antes, porque aquellos que manejan la tecnología y lograron entenderla, encuentran nuevas formas de seguir adelante.

Con libros cada vez más caros y sin ningún tipo de plus en su producción o contenidos, puedo no compartirlo, pero entiendo que la gente busque alternativas para el acceso a la cultura, sea cual fuere la índole del artículo. ¿O no se pasan haciendo campañas publicitarias y acciones de marketing para promocionar artículos que solo están al alcance de unos pocos? Y el resto, bien gracias.

Creo que se pueden hacer cosas si se unifican esfuerzos y criterios. Creo que se pueden generar mejoras. Creo que se puede. Pero los grupos económicos son así, son todas para ellos: el dinero, la distribución, los contenidos. Vos, yo, todos, como lectores o espectadores (hasta como simples consumidores y nada más) somos los que, en definitiva, terminamos de darle sentido y real valor a lo que esta gente nos quiere hacer consumir. Sin nosotros, no existiría la casi básica colaboración que se debería de dar entre el producto o servicio publicitado y quienes tendríamos el rol de consumirlo. Faltan ideas, sobran los vivos…

Algunas referencias: Libros pirata, la nueva amenaza (La Nación).

Jenkins, Henry, Convergence Culture.

Libros electrónicos: ni libros, ni electrónicos (by @doctorow)

Mientras estoy cada día más convencido de que este blog tiene más un costado antroplógico que publicitario, quería compartir con ustedes una charla que dio Cory Doctorow hace unos años. Se explica sola y creo que no hace falta que yo le haga el prólogo a lo que van a leer a continuación.

Espero que 2011 me traiga a aquellas personas a las que hace mucho quiero entrevistar, a saber: el mismísimo Cory Doctorow, Henry Jenkis, Alan Moore, Neil Gaiman y Gary Groth, editor de Fantagraphics. Sin links, a secas, búsquenlos, se van a sorprender de las cosas que hicieron, hacen, lo que escriben y opinan. Este es mi deseo para este año (aunque siempre intercalo alguno extra). Pero antes de seguir con promesas y demagogia blogger, disfruten de lo sigue a continuación.

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Cory Doctorow
 doctorow@craphound.com
Traducción de Javier Candeira
hiperactivo.com
Artículo para la Conferencia O’Reilly sobre Tecnologías Emergentes (O’Reilly Emerging Technologies Conference) 12 de febrero del 2004 – San Diego, California, EEUU
This text is dedicated to the Public Domain.

Preámbulo
Esta conferencia se pronunció originalmente en la O’Reilly Emerging Technologies Conference (Conferencia O’Reilly sobre Tecnologías Emergentes), junto con unas proyecciones que, por razones de copyright (¡qué irónico!) no se pueden publicar a la vez que este documento. Sin embargo se encuentran, entreveradas en el texto, anotaciones que describen los lugares donde se cargaba cada nueva diapositiva, entre [corchetes] [*].
[Nota del traductor: originalmente este texto estaba puesto en lo que la legislación norteamericana llama “public domain”, que es donde van a parar los textos cuyo copyright ha caducado. El significado de “dominio público” según la legislación española, que sigue la tradición europea del Derecho de Autor, es distinto del del “public domain” [1], así que este texto queda liberado al “Public Domain” según la legislación de los Estados Unidos de América. Por esta razón el siguiente texto, que tiene valor legal, está en inglés. Por el mismo motivo su primera publicación se hace en un servidor en territorio USA.]

[Lo siguiente es una traducción al español de la anterior dedicatoria de copyright, con un intento de transposición a la legislación española de derechos de autor, hecha por el presente traductor, que no es abogado aunque tenga el derecho de conocer las leyes y el deber de cumplirlas. Con esta versión se intenta tanto transmitir la intención del autor inicial, como tener un documento de trabajo para una futura licencia de “dominio público” para España/en español. Queden los lectores advertidos de que no tiene más valor legal que el que tiene una declaración pública de intenciones:

Dedicatoria de Copyright (Basada en la interpretación de un lego de la legislación española de derechos de autor)
La persona o personas que han asociado su trabajo con este documento (el “Dedicante” dedican por la presente todos los derechos alienables reconocidos por la legislación de derechos de autor (incluyendo la difusión y la explotación comercial, pero sin exclusión de otros) de la obra de autoría identificada a continuación (“la Obra”) al dominio público. El Dedicante hace esta dedicatoria para el beneficio del interés general y en detrimento de los herederos y sucesores del Dedicante. El Dedicante pretende que esta dedicatoria sea un acto explícito de renuncia a sus derechos alienables presentes y futuros sobre la Obra según las leyes de derechos de autor, sin perjuicio del derecho inalienable de autoría, y con la autorización expresa de realización de obras derivadas siempre que las modificaciones o adiciones no se atribuyan al Dedicante en respeto de su derecho de atribución de autoría. El Dedicante entiende que tal renuncia a todos los derechos incluye el abandono de todos los derechos de hacer cumplir (ante los tribunales o por otros medios) los copyrights de la Obra. El Dedicante reconoce que, una vez en el dominio público, la Obra puede ser libremente reproducida, distribuída, transmitida, usada, modificada, transformada, o explotada de otros modos por parte de cualquiera y con cualquier fin, comercial o no comercial, incluso por métodos que aún no se hayan inventado o concebido.]

Libros electrónicos: ni libros, ni electrónicos

Para empezar, permítanme resumir las lecciones e intuiciones que he obtenido acerca de los libros electrónicos a partir de haber publicado dos novelas y la mayor parte de una colección de relatos bajo una licencia Creative Commons. Una parodia que publicaba la lista de títulos alternativos para las sesiones de este evento llamó a esta charla “Por ahora, los libros electrónicos son un asco” [Por ahora, los libros electrónicos son un asco], y a pesar de que es divertido, no creo que sea cierto.

No, si hubiera tenido que buscar otro título para esta conferencia, la habría llamado: “Libros electrónicos: estás sumergido en ellos”. [Libros electrónicos: estás sumergido en ellos]. Esto es porque creo que la forma de los libros electrónicos del futuro es casi visible en la forma en que la gente interactúa con el texto a día de hoy, y que el trabajo de los autores que quieren hacerse ricos y famosos es llegar a una mejor comprensión de esa forma.
No he llegado a una comprensión perfecta. No sé qué aspecto tiene el futuro del libro. Pero tengo ideas, y las voy a compartir con vosotros:

1. Los libros electrónicos no son márketing. [Los libros electrónicos no son márketing] Está bien, los libros electrónicos son márketing; esto es, regalar libros electrónicos vende más libros de papel. En Baen Books, que edita un montón de colecciones, se han dado cuenta de que regalar ediciones electrónicas de las anteriores entregas de sus series simultáneamente con el lanzamiento de un nuevo volumen hace que el nuevo libro se venda mucho mejor —y el catálogo también. Y el número de personas que me escribieron para decirme cuánto les gustó el libro electrónico y por eso habían comprado el de papel es mucho más alto que el de personas que me escribieron diciendo: “Ja, ja, hippie, me he leído tu libro gratis y ahora no lo voy a comprar”. Pero los libros electrónicos no deberían ser tan sólo márketing: los libros electrónicos son una meta en sí mismos. En el análisis final, más gente leerá más palabras de más pantallas y menos palabras de menos páginas, y cuando las dos líneas se crucen, los libros electrónicos tendrán que ser el modo en que los escritores se ganen la vida, no el modo en que promocionen las ediciones en caspa de árboles [2].

2. Los libros electrónicos complementan a los libros de papel. [Los libros electrónicos complementan a los libros de papel]. Es bueno tener un libro electrónico. Es bueno tener un libro de papel. Es mejor tener los dos. Un lector me escribió para decirme que había leído la mitad de mi primera novela en el libro encuadernado, y había impreso la otra mitad en papel en sucio para leerlo en la playa. Algunos estudiantes me escriben para decirme que es mejor hacer sus trabajos de clase si pueden copiar y pegar sus citas en el procesador de texto. Los lectores de Baen usan las ediciones electrónicas de sus series favoritas para elaborar concordancias de personajes, lugares y acontecimientos.

3. Si no p0sees el libro electrónico, no p0sees el libro [Si no p0sees el libro electrónico, no p0sees el libro] [3]. Soy de la opinión de que el libro es una “práctica” (una colección de actividades sociales, artísticas y económicas) y no un “objeto”. Contemplar el libro como una “práctica” en lugar de un objeto es un concepto bastante radical, y plantea la pregunta: ¿Pero qué demonios es un libro? Buena pregunta. Escribo todos mis libros en un editor de texto (BBEdit, de Barebones Software —el mejor editor de texto que podría desear). Desde allí puedo convertirlos en archivo PDF formateado a dos columnas . Puedo convertirlos en archivos. Puedo dejarlos en manos de mi editor, quien puede convertirlos en galeradas, copias para críticos, ediciones en tapa dura y en rústica. Puedo dejarlos en manos de mis lectores, quienes pueden convertirlos en una panoplia insospechada de formatos.

El Libromóvil de Internet (Internet Bookmobile) de Brewster Kahle puede convertir un libro digital en un libro de papel a cuatro colores, cortado a sangre, encuadernado, con cubierta laminada y lomo impreso en diez minutos, mas o menos por un dólar. ¡Intenta convertir un libro de papel en PDF, o en html, o en un documento de texto, o en un Rocket Book, o imprimirlo por un dólar, todo en diez minutos! Es irónico, porque una de las razones más frecuentemente citadas para preferir los libros de papel a los electrónicos es que el papel confiere una sensación de posesión de un objeto físico. Antes de que se pose el polvo en torno a este asunto de los libros electrónicos, tener un libro de papel dará una sensación de posesión menor que tener una edición digital abierta del texto.

4. Los libros electrónicos son mejor negocio para los autores. [Los libros electrónicos son mejor negocio para los autores]. La compensación que reciben los autores es bastante mísera. Amazing Stories, la revista de ciencia ficción de Hugo Gernsback, pagaba un par de centavos de dólar por palabra. Hoy, las revistas de ciencia ficción pagan… un par de centavos por palabra. Las sumas en cuestión son tan minúsculas, que no llegan a ser insultantes: son pintorescas e históricas, como el cartel de WHISKY 5 CENTAVOS que hay tras la barra del bar en un parque temático de la era de los pioneros. Algunos escritores viven a lo grande, pero no son más que errores de redondeo comparados con la población total de escritores de ciencia ficción que se ganan la vida, al menos parcialmente, en el mismo negocio. Casi todos nosotros podríamos estar ganando más dinero en otro sitio (aunque podemos soñar con ganar un montón de dinero de magnitudes stephenkingianas y, por supuesto, nadie jugaría a la lotería si no hubiera ganadores). El incentivo primario para la escritura tiene que ser la satisfacción artística, el masaje del ego, y un deseo de posteridad. Los libros electrónicos lo ofrecen. Los libros electrónicos entran a formar parte del corpus del conocimiento humano porque los motores de búsqueda los indexan y reproducen a centenas, miles o millones. Si Google puede encontrarlos, sus usuarios también.

Aún mejor: los libros electrónicos nivelan el terreno de juego entre los autores y los trolls [4]. Cuando despegó amazon.com, a muchos escritores se les puso el alma en vilo ante la idea de que patanes con hachas afiladas estaban llenando los tablones de mensajes de Amazon con ataques malintencionados a su obra; si una recomendación es la mejor manera de vender un libro, seguro que una condena personal es la mejor manera de no vender un libro. Hoy, los trolls siguen con nosotros, pero ahora los lectores pueden decidir por si mísmos. Aquí está un trozo de un comentario sobre Down and Out in the Magic Kingdom, puesto recientemente en Amazon por “un lector de Redwood City, California”:

Realmente no estoy seguro de qué tipo de drogas están fumando los críticos, o cómo los sobornan. Pero diga lo que diga la Entertainment Weekly, lo que diga este periódico o aquella revista, no te deberías gastar el dinero. Descárgalo gratis del sitio web de Corey [sic], lee la primera página, y gira la cabeza asqueado —este libro es para la gente que piensa que El Código Da Vinci de Dan Brown está bien escrito.
En los viejos tiempos, este tipo de cosas me habría cabreado solemnemente. ¡Patanes neandertaloides y malintencionados, difamando mi buen nombre! ¡Caracoles! Pero examinad más de cerca el pasaje infame:
Descárgalo gratis del sitio web de Corey, lee la primera página.

¿Lo veis? ¡Demonios, este tío está trabajando para mí!. ¡Alguien acusa a un escritor al que estoy considerando leer de pagar a Entertainment Weekly para que diga cosas amables de su novela, “un escritor sorprendentemente malo”, nada menos, cuya prosa es “estirada, digna de un aficionado, y poco inspirada”! Quiero leer a ese escritor. Y puedo hacerlo. Con un clic. Y después decido por mí mismo.

En el mundo del arte no se llega muy lejos sin una saludable dosis de ego e inseguridad a partes iguales, y lo malo de poder buscar en Google todo lo que la gente dice de tu libro es que puede manipular directamente la parte de inseguridad — “¡Toda esa gente se meterá en la cabeza que no hay que fijarse en mi libro porque habrán leído las malas críticas en la interweb!”. Pero el otro lado de la moneda es el ego: “Si le dan una oportunidad, se darán cuenta de lo bueno que es”. Y cuanto más sangrante sea la crítica, más probable es que le echen un vistazo. Toda prensa es buena prensa, siempre que escriban bien tu URL (¡incluso si escriben mal tu nombre!).

5. Los libros electrónicos necesitan asumir su naturaleza. [Los libros electrónicos necesitan asumir su naturaleza] El valor distintivo de los libros electrónicos es ortogonal al valor de los libros en papel, y gira alrededor de la mezclabilidad y envíabilidad del texto electrónico. Cuanto más se constriñan las proposiciones de valor distintivas de los libros electrónicos, cuanto más se restrinja la habilidad del lector de copiar, transportar o transformar un libro electrónico, más hay que evaluarlo en los mismos ejes que un libro de papel. Los libros electrónicos fracasan en esos ejes. Los libros electrónicos no ganan a los libros de papel en cuanto a tipografía sofisticada, no están a su altura en cuanto a la calidad del papel o al olor de la cola. Pero intenta mandarle un libro de papel a un amigo que vive en Brasil, gratis, en menos de un segundo. O cargar mil libros de papel en un dedal de memoria flash que llevas enganchado al llavero. O buscar en un libro de papel cada aparición del nombre de un personaje para encontrar un párrafo querido. Demonios, intenta copiar un párrafo lúcido y conciso de un libro de papel para ponerlo en tu firma de correo.

6. Los libros electrónicos exigen un lapso de atención diferente (pero no menor) [LOS LIBROS ELECTRÓNICOS EXIGEN UN LAPSO DE ATENCIÓN DIFERENTE (PERO NO MENOR)] Los artistas siempre se ven decepcionados por la capacidad de atención de su público. Si nos remontamos lo bastante atrás encontraremos escritos cuneiformes lamentando el loco estilo de vida de los sumerios del momento, con su insistencia en los mitos con argumentos, personajes y acción, no lo que teníamos antiguamente. Como artistas, sería mucho más fácil si nuestro público fuera más tolerante con nuestra tendencia a aburrirlos. Podríamos explorar muchas más ideas sin preocuparnos de rebozarlas, para hacerlas más tragables, con las capas de chocolate del entretenimiento. Nos gusta pensar que las capacidades de atención acortadas son un producto de la era de la información, pero atención a esto:

Desde luego, para practicar de este modo la lectura
como arte se necesita ante todo una cosa que es precisamente
hoy en día la más olvidada (versión de Andrés Sánchez Pascual, Alianza, Madrid, 1997)
En otras palabras, si mi libro es demasiado aburrido, es porque no estás prestando la debida atención. Los escritores dicen esto todo el rato, pero esta cita no es de este siglo ni del pasado. Es del prólogo a la Genealogía de la moral, de Nietzsche, publicada en 1887.

Sí, hoy en día nuestros lapsos de atención son distintos, pero no necesariamente más cortos. Los seguidores de Warren Ellis consiguieron mantener la línea argumental de Transmetropolitan en sus mentes durante cinco años mientras la historia goteaba en entregas de cómics mensuales. Las entregas de la serie de Harry Potter de J.K. Rowling engordan más y más con cada nuevo volumen. Bosques enteros caen bajo el hacha de series de ficción tan longevas como los libros de Wheel ot Time de Robert Jordan, cada uno de los cuales dura aproximadamente 20.000 páginas (puedo haberme equivocado un orden de magnitud para arriba o para abajo). Está claro que hoy en día los debates presidenciales transcurren en cortes de audio de 30 segundos y no en los festivales de oratoria de días de duración de los debates Lincoln-Douglas, pero la gente se las arregla para prestar atención a las campañas presidenciales de 24 meses de principio a fin.

7. Necesitamos todos los libros electrónicos. La mayor parte de las palabras escritas en la historia se han perdido. Ninguna biblioteca recoge todos los libros escritos que aún perduran, y ningún individuo podría arañar la superficie del corpus completo de escritos. Ninguno de nosotros podrá leer más que una mínima esquirla de literatura humana. Pero eso no quiere decir que quedándonos sólo con los textos más populares podamos tener una revolución de la literatura electrónica como Dios manda.
Para empezar, todos somos casos marginales. Claro está que todos tenemos el deseo común de disfrutar del núcleo del canon literario, pero cada uno de nosotros quiere completar esa colección con textos diferentes, que son tan distintivos e individualistas como huellas dactilares. Si parece que todos estamos haciendo lo mismo cuando leemos, escuchamos música, o pasamos el tiempo en un canal de chat, es porque no nos hemos fijado bien. La comun-idad de nuestra experiencia está presente sólo en una escala de medida muy grande: una vez metidos en una observación de grano más fino, en nuestra experiencia compartida hay tantas diferencias como similitudes.

Sin embargo, yendo más allá, hay una gran diferencia entre una gran colección de textos electrónicos y una pequeña: es la diferencia que hay entre un libro solitario, un estante lleno de libros y una biblioteca completa. La escala cambia las cosas. Pensad en la Web: nadie de nosotros puede soñar con leer ni una mínima fracción del total de páginas de la Web, pero analizando las estructuras de enlaces que unen todas esas páginas, Google es capaz de extraer conclusiones automatizadas sobre la relevancia relativa de distintas páginas frente a distintos argumentos de búsqueda. Ninguno de nosotros se tragará jamás el corpus completo, pero Google puede digerirlo para nosotros y excretar las pepitas humeantes de valor que lo convierten en ese milagro entre los buscadores que es a día de hoy.

8. Los libros electrónicos son como los libros de papel. Para rematar esta charla, me gustaría repasar las formas en que los libros electrónicos son más parecidos a los libros de lo que uno se espera. Una de las verdades recibidas de la teoría de la venta al por menor es que los compradores necesitan entrar en contacto con un producto unas cuantas veces antes de comprarlo — se oye por ahí que el número mágico es siete veces. Eso quiere decir que mis lectores tienen que oír el título, ver la portada, coger el libro, leer una crítica, y así hasta siete veces, de media, antes de estar listos para comprar.

Existe la tentación de considerar la descarga de un libro como comparable a traerlo de la librería, pero se trata de una metáfora equivocada. Muchas veces, quizá casi siempre, descargar el texto del libro es como sacarlo del estante en la tienda y mirar la portada, y leer el texto de la contraportada (con la ventaja de no tener que entrar en contacto con el ADN residual y el burger king dejado por todos los demás que echaron un vistazo al libro antes que tú). Algunos escritores están horrorizados ante la idea de que, de mi primera novela, se han descargado trescientas mil copias, y por ahora “sólo” se han vendido unas diez mil. Si se diera el caso de que por cada copia vendida, treinta desaparecieran de la tienda, sería un resultado aterrador, claro que sí. Pero míralo de otro modo: si de cada treinta personas que miraron la portada de mi libro una lo comprara, yo sería un autor más que feliz. Y lo soy. Esas descargas no me cuestan más que una mirada a la portada en la librería, y las ventas son saludables.
También nos gusta pensar en los libros físicos como algo inherentemente contable de un modo en que los libros digitales no lo son (¡una ironía, porque los computadores son extremadamente buenos contando cosas!). Esto es importante, porque los escritores cobran sobre la base del número de copias vendidas de sus libros, así que llevar bien la cuenta marca la diferencia. Y de hecho mis estados de derechos contienen números precisos para el número de ejemplares impresos, enviados, devueltos y vendidos.

Pero es una precisión falsa. Cuando el impresor hace una tirada de un libro, siempre tira unos cuantos de más al principio y al final de la tirada para asegurarse de que todo está bien y para cubrirse por las posibles roturas, enganchones y deslices. El número total real de libros impresos es aproximadamente el número de libros encargado, pero nunca exactamente; los que hayan encargado 500 invitaciones de boda, probablemente hayan recibido 500 y pico, y ésta es la razón.

Y a partir de ahí los números se hacen aún más difusos. Hay ejemplares robados. Otros ejemplares caen al suelo y estropean. La gente que hace los envíos se equivoca en las cuentas. Algunos ejemplares acaban en una caja equivocada y van a una librería que no las encargó ni recibe factura por ellas, y terminan en la mesa de saldos o en la basura. Algunos ejemplares se devuelven por defectuosos. Otros se devuelven porque no se venden. Otros vuelven a la tienda al día siguiente acompañados de una ráfaga de remordimientos de comprador. Otras van al sitio donde acaba el calcetín desparejado de la lavadora.

Los números de un estado de derechos (el documento que informa a un autor de cómo van sus cuentas con la editorial) son actuariales, no reales. Representan una especie de estimación aproximada de los ejemplares enviados, vendidos, devueltos, etc. La contabilidad actuarial funciona muy bien: lo bastante bien para soportar las gigantescas industrias de la banca, los seguros y el juego. Es lo bastante buena para dividir los derechos que pagan las sociedades de gestión audiovisual por difusión radiofónica y actuaciones en directo. Y es lo bastante buena para contar cuántas copias de un libro se distribuyen en el ámbito electrónico y en el mundo físico.
Por supuesto que las cuentas de libros de papel tienen un tipo de precisión diferente de las cuentas de libros electrónicos: pero ni unos ni otros son inherentemente “más contables”.

Y finalmente, por supuesto, está el asunto de la venta de libros. Sea como sea que los autores se ganan la vida con sus palabras, impresas o codificadas, su labor primera y más difícil es encontrar un público. Hay más competidores por nuestra atención de los que podemos reconciliar, priorizar o entender. Poner el libro bajo las narices de la persona adecuada, con el argumento de venta adecuado, es la tarea más difícil e importante a la que se enfrenta un escritor.

Los libros me importan. Mucho. Empecé a trabajar en bibliotecas y librerías a la edad de 12 años y me mantuve haciéndolo durante una década, hasta que me encandilaron los cantos de sirena del mundo de la tecnología. Cuando tenía 12 años supe que quería ser escritor y ahora, 20 años más tarde, tengo publicadas tres novelas, una colección de relatos y un libro de no-ficción, dos novelas más bajo contrato, y otro libro en ciernes. [PORTADAS]

He ganado un premio señalado en mi campo, la ciencia ficción y estoy nominado para otro, el Premio Nebula a la mejor novela corta.
Tengo un montón de libros. Sin problema, más de 10.000, almacenados en ambas costas del continente de América del Norte. Tengo que tenerlos, porque son las herramientas de mi oficio: las obras de referencia que manejo como novelista y escritor. La mayor parte de la literatura que me gusta es de vida muy corta, desaparece de los estantes en un par de meses, normalmente para siempre. La ciencia ficción es inherentemente efímera [5].

Ahora bien, tanto como me gustan los libros, me encantan los ordenadores. Los ordenadores son fundamentalmente diferentes de los libros modernos, del mismo modo en que los libros impresos son diferentes de las biblias monásticas: son maleables. En aquel tiempo, un “libro” era algo producido durante muchos meses de trabajo por un copista, normalmente un monje, sobre un sustrato duradero y sexy como la piel de feto ovino.
La fotocopiadora de Gutenberg cambió todo aquello, transformó el libro en algo que podía hacerse con una imprenta en unos minutos, sobre un sustrato más apropiado para limpiarse el trasero que para su exaltación en un lugar de honor de la catedral. La imprenta de Gutenberg significó que en vez de tener uno o dos libros, un miembro de la clase dominante podía amasar una biblioteca, y que en lugar de escoger uno o dos temas para inmortalizarlos en blanco y negro podían tratarse en papel y pasar de mano en mano una gran variedad de temas.

La mayor parte de las ideas nuevas comienzan con muy pocas certezas y mucha especulación. He estado rebuscando a ver si encontraba certezas, y especulando mucho, y el propósito de esta charla es mostrar ambas categorías de ideas. Todo esto comienza con mi primera novela, Down and Out in the Magic Kingdom, que salió el 9 de enero de 2003. En aquel momento había una gran discusión en mis círculos profesionales sobre, por un lado, el lamentable fracaso de los libros electrónicos, y por otro lado, la nueva y asustante práctica de la “piratería” de libros electrónicos.

Era sorprendentemente raro que nadie pareciera darse cuenta que el concepto del “fracaso” de los libros electrónicos chocaba frontalmente con la idea de que la “piratería” de libros electrónicos era algo merecedor de preocupación: digo yo, si los libros electrónicos son un fracaso, ¿a quién le importa un bledo que los colgados de la interweb se los intercambien en Usenet?

Una breve disgresión sobre el doble significado de “libros electrónicos”. Un significado de la palabra se reserva para empresas “legítimas”, esto es, ediciones de los textos de libros autorizadas por el derechohabiente, publicadas en un formato privativo, de uso restringido, en ocasiones para su lectura en un PC multiuso y en ocasiones para leerse en un dispositivo especializado como el Rocketbook de nuvoMedia.

El otro significado de libro electrónico es una edición “pirata” o edición electrónica no autorizada, normalmente hecha cortando la encuadernación de un libro y escaneándolo página por página, y pasando los mapas de bits resultantes por una aplicación de reconocimiento de caracteres (OCR) para convertirlo en texto ASCII, y luego corregirlo a mano. A muchos de mis colegas les preocupa que estos libros también tengan errores deliberados, creados por copistas juguetones que eliminan, añaden o modifican fragmentos del texto para “mejorar” la obra. Francamente, no he visto ninguna prueba de que los copia-libros en cuestión tengan el menor interés en hacerlo, y hasta que la tenga creo que es lo último por lo que nadie debería preocuparse.

Volvamos a Down and Out in the Magic Kingdom. Mejor, todavía no. Quiero haceros llegar la profundidad del pánico que hay en mi entorno por la piratería de libros electrónicos, o “bookwarez” como se la conoce en los círculos de copistas. Había autores que se unían al debate en alt.binaries.ebooks usando nombres falsos, aduciendo el miedo a las represalias por parte de temibles hackers adolescentes que supuestamente podrían cargarse sus informes bancarios en respuesta a ser tachados de ladrones. Mi editor, que es un hacker, editor de weblog y el-tío-que-lleva-la-mayor-colección-de-ciencia-ficción-del-mundo, y se llama Patrick Nielsen Hayden, escribió en uno de los hilos del grupo de noticias, diciendo en parte:

La piratería de textos electrónicos bajo copyright en Usenet y en otros sitios va a ser más y más frecuente, por las mismas razones por las que la gente corriente se hace cassettes de audio de sus discos de vinilo o sus CDs de audio, y copias en videocassete de sus cintas compradas en la tienda. En parte es tacañería; en parte es enfado por los precios de venta; en parte es el deseo de Compartir Cosas que Molan [6] (una motivación normalmente infravalorada por las víctimas de este tipo de piratería manual a baja escala). Ponerse en Alerta Máxima instantáneamente y declarar que es moralmente equivalente a asaltar ancianitas por la calle dificultará avanzar desde esa posición cuando ya no funcione. En los años 1970, la industria discográfica aullaba que “las copias caseras están matando a la música”. Resulta difícil para la gente corriente evitar darse cuenta de que la música no ha muerto. Pero la credibilidad de la industria del disco no es que creciera con ello.

Patrick y yo tenemos una larga relación, que comenzó cuando yo tenía 18 años y me ayudó con una beca para ir a un taller de escritores, siguiendo con un almuerzo decisivo en Nueva York a mediados de los noventa cuando le mostré un montón de textos del Proyecto Gutenberg en mi Palm Pilot que lo inspiraron para empezar a dar licencias de los títulos de Tor para PDAs, hasta el cambio de milenio cuando compró y publicó mi primera novela (desde entonces ha comprado otras tres; ¡Patrick me encanta!).

Cuando los grupos de noticias dedicados al “bookwarez” empezaban a despegar, me llevé una desagradable sorpresa cuando uno de mis colegas inició acciones legales contra AOL/Time-Warner por albergar el grupo de noticias alt.binaries.ebooks. Este escritor alegaba que AOL debería tener la responsabilidad de eliminar este grupo de noticias, ya que transmitía tantos documentos infractores, y que su dejación lo convertía en un colaborador necesario, y por tanto acreedor de las penas increíblemente duras estipuladas en nuestras recién acuñadas leyes de copyright como la No Electronic Theft Act [Ley contra el robo electrónico] y la aborrecible Digital Millenium Copyright Act, o DMCA [Ley de copyright del Milenio Digital].

Esa idea sí que daba miedo: por ahí sueltas andaban personas que pensaban que el mundo sería un lugar mejor si los proveedores de acceso a Internet tuvieran el deber de censurar y hacer de policías activos de los sitios webs y grupos de noticias a los que podían acceder sus clientes, incluyendo el requisito de que los proveedores deberían determinar, por sí solos, lo que era una infracción ilegal del copyright —algo normalmente dejado al cuidado de jueces, informados por consejos de reconocidos estudiosos del copyright. [7]

Se trataba de una idea fenomenalmente idiota, y que me ofendía hasta la médula. Se supone que los escritores son partidarios de la libre expresión, no de la censura. Se diría que algunos de mis colegas estaban encantados con la libertad de expresión, pero tenían reparos ante la idea de compartirla con el resto del mundo.
Bien, demonios, yo tenía un libro a punto de salir, y parecía ser una oportunidad para intentar hacerme una idea sobre este asunto de los libros electrónicos. Por un lado, los libros electrónicos eran un fracaso lamentable, por otro lado cada día había más libros publicados en alt.binaries.ebooks.
Esto me lleva a las dos certezas que tengo sobre los libros electrónicos:

1. Más y más gente está leyendo más palabras en más pantallas cada día.
2. Menos y menos gente está leyendo menos palabras en menos páginas cada día.
Estas dos certezas planteaban un montón de preguntas.
•    Las resoluciones de pantalla son demasiado bajas para remplazar efectivamente al papel
•    La gente quiere poseer libros físicos por su atractivo visceral (a menudo esto viene acompañado de un sermoncillo sobre lo bien que huelen los libros, o el buen aspecto que tienen en una estantería, o lo evocadora que puede ser una mancha de curry en el margen)
•    No puedes llevarte tu libro electrónico a la bañera
•    No puedes leer un libro electrónico sin electricidad y un ordenador
•    Los formatos de archivo se hacen obsoletos, el papel ha durado largo tiempo

Ninguna de estas razones me parecía que fuera una buena explicación del “fracaso” de los libros electrónicos. Si las resoluciones de pantalla son demasiado bajas para remplazar al papel, entonces ¿cómo es que toda la gente que conozco pasa cada vez más tiempo leyendo en una pantalla, incluyendo a mi bendita abuela? (Los geeks [8] tienen una tendencia realmente molesta a argumentar que ciertas tecnologías no están listas para el uso común porque sus abuelas no las usan — bien, mi abuela no para de mandarme correos electrónicos. Escribe a máquina una velocidad de 70 palabras por minuto, y le encanta enseñarles los correos nieteciles a todos sus amigos reunidos alrededor de la piscina en su residencia para jubilados en Florida).

Sin embargo, los otros argumentos eran mucho más interesantes. Me parecía que los libros electrónicos son distintos de los libros de papel, y tienen distintas virtudes y defectos. Pensemos un poco acerca de los avatares del libro a lo largo de la historia. Es interesante porque la historia del libro es la historia de la Ilustración, la Reforma, los Peregrinos y, finalmente, la colonización de las Américas y la Revolución Americana.
A grandes rasgos, hubo un tiempo en que los libros los imprimían a mano unos monjes sobre pieles exóticas. Las únicas personas que podían leerlos eran sacerdotes, que se recreaban la vista con los estupendos monigotes que los monjes dibujaban en los márgenes. Los sacerdotes leían los libros en voz alta, en latín (ante un público cuya mayoría no hablaba latín) en las catedrales, envueltos en carísimo incienso que se elevaba de los incensarios portados por los monaguillos.

Entonces Johannes Gutenberg inventó la imprenta. Martín Lutero convirtió esa imprenta en una revolución. Editó biblias en idiomas legibles por personas que no fueran sacerdotes, y las distribuyó entre la gente normal, que pudo entonces leer la palabra de Dios por su cuenta. El resto, como dicen, es historia.
Aquí van unas cuantas cosas que interesa resaltar sobre la llegada de la imprenta:

•    Las Biblias de Lutero carecían de la calidad de fabricación de las Biblias iluminadas. Eran comparativamente baratas y carecían de la expresividad tipográfica que un monje con verdadero talento podía expresar al escribir la palabra de Dios.
•    Las Biblias de Lutero no eran nada apropiadas para el uso tradicional de una Biblia. Se suponía que una buena Biblia debía reforzar la autoridad del hombre del púlpito. Requería peso, requería ser impresionante y, sobre todo, exigía ser escasa.
•    La experiencia de usuario de las Biblias de Lutero era un asco. No había incienso, ni monaguillos, y ¿quién (aparte de los sacerdotes) podía suponer que la lectura exigía tanto de la vista?
•    Las Biblias de Lutero eran mucho menos fiables que sus contrapartidas iluminadas. Cualquiera con acceso a una imprenta podía imprimir una, introduciendo todo el texto apócrifo que le apeteciera… ¿y quién sabía cómo era de ajustada la traducción? Los monjes tenían detras de ellos al Papado, una organización de control de calidad que había servido a Europa durante siglos.

A finales de los noventa acudí a conferencias en las que ejecutivos musicales explicaban pacientemente que Napster estaba condenado al fracaso, porque no proporcionaba las portadas, ni las notas interiores del disco, no se podía saber si el paso a mp3 era bueno, y a veces la conexión se cortaba a mitad de descarga. Estoy seguro de que muchos cardenales planteaban los mismos argumentos con igual certeza.

Lo que los ejecutivos discográficos y los Cardenales ignoraban es todas las maneras en que las Biblias de Lutero arrasaron:

•    Eran rápidas y baratas. Montañas de personas podían comprarlas sin tener que someterse a la autoridad y la aprobación de la Iglesia.

•    Estaban escritas en idiomas que los no-sacerdotes también podían leer. Uno no tenía que fiarse de la palabra de la Iglesia cuando los sacerdotes explicaban lo que Dios había querido decir.

•    Provocaron el nacimiento de un ecosistema de imprentas en el que florecieron muchos libros. Las imprentas, cuya popularidad inicial fue espoleada por las ideas de Lutero sobre la religión, permitieron la creación y difusión de nuevos tipos de ficción, poesía, política, ensayo, etcétera.

Nótese que todas esas virtudes son ortogonales a las virtudes de una Biblia monástica. Esto es, ninguna de las cualidades que hizo un éxito de la imprenta de Gutenberg es una cualidad que hiciera un éxito de las biblias de los monjes. Por la misma regla de tres, las razones para apreciar los libros electrónicos tienen muy poco que ver con las razones para apreciar los libros de papel.

•    Son fáciles de compartir. Los Secretos de la hermandad Ya-Ya pasó de la mitad de las listas a ser un best-seller a base de pasar de mano en mano entre las mujeres pertenecientes a clubs de lectura. Los Slashdot-adictos y otros ciudadanos de la red tienen vidas sociales tan ricas como los miembros de estos clubs, pero sin verse las caras entre sí; la única clase de libro que se pueden pasar de mano en mano es un libro electrónico. Es más, el factor que mejor se correlaciona con la compra de un libro es la recomendación de un amigo; ¡que un amigo recomiende un libro hace más probable su compra que la lectura placentera del volumen anterior de una serie!

•    Son fáciles de cortar y trocear. Aquí es donde sale al exterior el fanático de Macintosh que hay en mí — las plataformas minoritarias son importantes. Es una perogrullada del universo Napster que la mayor parte de los archivos que se descargan son temas de radiofórmula, un 90 por ciento o así, y yo me lo creo. Todos queremos escuchar música popular. Por eso se llama popular. Pero lo interesante es el otro diez por ciento. Bill Gates declaró al New York Times que Microsoft perdió la guerra de los buscadores haciendo “un buen trabajo en el 80 por ciento de las búsquedas más comunes e ignorando el resto. Pero lo que cuenta es el otro 20 por ciento, porque es donde está la percepción de calidad”. ¿Por qué cautivó Napster a tantos de nosotros? No fue porque nos pudiera proporcionar las grabaciones de las listas de éxito que podíamos oír con sólo encender la radio: fue porque el 80 por ciento de toda la música jamás grabada no estaba en venta en ningún lugar del mundo, y en ese 80 por ciento estaban todas las canciones que nos habían emocionado, todos los gusanos pegadizos que se habían alojado en nuestros cerebros, todo aquello que nos hacía sonreír cuando lo oíamos.

Esas canciones son distintas para cada uno de nosotros, pero comparten el rasgo de marcar la diferencia entre un servicio atractivo y… bien, la radiofórmula de superventas. Era la minoría de las canciones lo que atraía a la mayoría de oyentes. Por la misma razón, la maleabilidad del texto electrónico quiere decir que puede recomponerse fácilmente: puedes ponerlo en un servidor web, o convertirlo al formato de tu agenda electrónica favorita; puedes pedirle a tu computadora que te lo lea en voz alta y puedes buscar en el texto una cita para un trabajo de clase o para usarla en tu firma. En otras palabras, la mayor parte de la gente que se descarga el libro lo hace por razones predecibles, y en un formato predecible (por ejemplo, para leer un capítulo en formato HTML antes de decidir si se lo compran), pero lo que diferencia una experiencia de texto electrónico aburrida de una emocionante es el uso minoritario (imprimir un par de capítulos para llevar a la playa en vez de arriesgarse a empapar el libro de papel).

Los fabricantes de herramientas y diseñadores de software son cada vez más conscientes del concepto de “facilitadores” en el diseño. Puedes clavar un clavo en la pared con cualquier objeto pesado y asible, desde una roca hasta un martillo pasando por una cazuela de hierro fundido. Sin embargo, hay algo en un martillo que parece pedir que lo usemos para clavetear. Tiene facilitantes que inclinan a la persona que lo sujeta a blandirlo. Y, como todos sabemos, cuando todo lo que uno tiene es un martillo, todo en el mundo parece un clavo.
El facilitador de una computadora, aquello para lo que se diseñó, es rebanar-y-cortar colecciones de bits. El facilitante de la Internet es mover bits a altísimas velocidades por todo el mundo, con un coste ínfimo o nulo. De aquí se sigue que en el núcleo de la experiencia del libro electrónico va a haber bastante cortar y rebanar texto, y mucho mandarlo por ahí.

Los abogados del copyright tienen una palabra para referirse a estas actividades: infracción. Esto es porque el copyright da a sus creadores un monopolio casi total sobre la copia y remezcla de su trabajo, prácticamente para siempre (teóricamente el copyright expira, pero en la práctica real, los plazos se prorrogan cada vez que los primeros dibujos de Mickey Mouse están a punto de entrar en el dominio público [9], porque Disney tiene mucha influencia en Washington).

Este es un grave problema. El peor problema posible. He aquí el porqué:

•    Los autores se suben por las paredes. Los autores han sido adiestrados por sus colegas para pensar que un copyright fuerte es lo único que les salva de ser sodomizados salvajemente en el mercado. Esto es bastante cierto: a menudo un copyright fuerte es lo único que defiende a los autores de los peores excesos de sus editores. Sin embargo, de ahí no se sigue que un copyright fuerte les proteja de sus lectores.

•    Los lectores se indignan de que se les llame ladrones. En serio. Eres un pequeño empresario. Los lectores son tus clientes. Llamarlos ladrones es malo para el negocio.

•    Los editores se suben por las paredes. Los editores están en el negocio de agarrar tanto copyright como puedan y aferrarse a él con su vida porque, maldita sea, nunca se sabe. Esta es la razón por la que las revistas de ciencia ficción intentan engañar a los autores para que firmen sus derechos improbables para asuntos como atracciones de parque temático o muñecos de juguete basados en su obra; también es la razón por la que los agentes literarios piden ahora comisiones de la duración del copyright por los libros que representan: el copyright cubre tanto terreno y tarda tanto en desaparecer, ¿quién no querría llevarse tajada?

•    La responsabilidad civil se dispara. Las infracciones de copyright, especialmente en la Red, son un superdelito. Acarrean penas de 150.000 $ por infracción, y los poseedores de los derechos afectados y sus representantes tienen todo tipo de poderes especiales, como la capacidad de forzar a un proveedor de servicios de Internet a que entregue tus datos personales sin tener que mostrar pruebas de la supuesta infracción a un juez. Esto quiere decir que cualquiera que sospeche que pueda estar del lado equivocado de la ley de copyright va a ser terriblemente precavido: los editores fuerzan a sus autores de modo no negociable a indemnizarlos frente a peticiones de infracción y, ésta es mejor, les obligan a probar que han “conseguido autorización” de todo el material que citan, incluídas citas breves cubiertas por el fair-use (uso apropiado) [10], como títulos de canciones en los comienzos de los capítulos. El resultado es que los autores acaban asumiendo una responsabilidad potencialmente destructiva para sus carreras, se autocensuran antes de citar el material que les rodea, y se asustan de tocar textos del dominio público porque un error bienintencionado sobre el estátus de dominio público de una obra acarrea un precio tan terrible.

•    La posteridad se esfuma. En el caso Eldred contra Ashcroft ante el Tribunal Supremo de los EEUU el año pasado, el tribunal halló que el 98 por ciento de las obras con copyright ya no generan ingresos para nadie, pero que averiguar a quién pertenecen esas viejas obras con el grado de certeza que a uno le gustaría cuando un error significa el apocalipsis económico total costaría más de lo que uno podría ganar con ellas. Esto quiere decir que el 98 por ciento de las obras expirará mucho antes de que lo haga su copyright. Hoy en día los nombres de los fundadores ancestrales de la ciencia-ficción (Mary Shelley, Arthur Conan Doyle, Edgar Allan Poe, Julio Verne, H.G. Wells) aún son conocidos, y su trabajo aún forma parte del discurso. Sus herederos espirituales, de Hugo Gernsback en adelante, podrían no tener tanta suerte; si su obra sigue “protegida” bajo el copyright, podría desvanecerse de la faz de la Tierra antes de volver al dominio público.
Esto no quiere decir que el copyright sea malo, sino que existe un copyright bueno y uno malo, y que en ocasiones demasiado copyright puede ser malo. Es como el picante en la sopa: un poquito puede gustar mucho, y demasiado estropea el caldo.
De la Biblia de Lutero a las primeras grabaciones fonográficas, de la radio a las revistas pulp [11], del cable al MP3, el mundo ha demostrado que su primera preferencia para los medios nuevos es su “democraticidad”, la facilidad con que se puede reproducir.
(Y por favor, antes de continuar, olvidémonos de todo ese asunto de que el modelo de copia de Internet es más disruptor que las tecnologías anteriores. Por el amor de Dios, los artistas de vodevil que pusieron un pleito a Marconi por inventar la radio tuvieron que pasar de un régimen en el que tenían el cien por ciento de control sobre quién podía entrar en un teatro y escucharles actuar a un régimen en el que tenían el cero por ciento de control de quién podía comprar o fabricar una radio y sintonizar una grabación en la que ellos actuaban. Por las mismas, comparen una Biblia manuscrita y una Biblia de Lutero; junto a ese cambio de fase, Napster es una nadería).
Volvamos a la democraticidad. Cada nuevo medio con éxito ha llegado a un compromiso entre su objetualidad (el grado hasta el que estaban poblados por colecciones de átomos compuestas a la medida, inteligentemente pergeñadas por maestros artesanos) y su facilidad de reproducción. Los rollos de pianola no eran tan expresivos como los buenos pianistas, pero tienen una mejor economía a gran escala, del mismo modo que las emisiones de radio, las revistas pulp y los MP3es. Las notas de contraportada, las letras de las canciones impresas en el interior del disco, las ilustraciones a mano y las encuadernaciones en cuero son agradables, pero se quedan atrás por comparación con la capacidad de un individuo de hacerse su propia copia.
Lo que no quiere decir que los viejos medios mueran. Los artistas siguen haciendo manuscritos iluminados, los grandes pianistas siguien subiendo al escenario del Carnegie Hall, y los estantes siguen repletos de reveladoras biografías de músicos, más detalladas que ningún folleto del interior de un disco.Lo que pasa es que, cuando todo lo que uno tiene son monjes, todos los libros asumen la personalidad de una Biblia monástica. Una vez se inventa la imprenta, todos los libros más apropiados para el tipo móvil emigran a la nueva forma. Atrás quedan aquellos objetos más apropiados para el viejo sistema de producción: las obras de teatro que piden ser obras de teatro, los libros que son especialmente encantadores en papel cremoso cosido entre portadas, la música que es más disfrutable representada en vivo y recibida entre una masa humana.
El incremento de democraticidad se traduce en una merma de control: es mucho más duro controlar quién puede copiar un libro una vez hay una fotocopiadora en cada esquina que cuando necesitas un monasterio y varios años para copiar una Biblia. Y ese control disminuido exige un nuevo régimen de copyright que vuelva a equilibrar los derechos de los creadores con los de su público.
Por ejemplo, cuando se inventó el videograbador, los tribunales de los Estados Unidos afirmaron una nueva exención de copyright para la posibilidad de que los espectadores pudieran grabar las emisiones para verlas en diferido; cuando se inventó la radio, el Congreso de los Estados Unidos concedió una exención de las leyes anti-monopolio a las discográficas para asegurarse una licencia obligatoria; cuando se inventó la TV por cable el gobierno de los Estados Unidos ordenó a las emisoras a vender acceso de programación a los cableoperadores por una tarifa fija.
El copyright está perennemente anticuado, porque su última revisión fue provocada por una respuesta a la última generación de tecnología. La tentación de tratar el copyright como si lo hubieran bajado del monte grabado en dos dos tablas de piedra (o peor, como “lo mismo” que la propiedad real) es un profundo error ya que, por definición, el copyright actual sólo considera la última generación de tecnología.
Así que, ¿viola el bookwarez las leyes de copyrigh? Pues claro. ¿Es el fin del mundo? Claro que no. Si la iglesia católica puede sobrevivir a la imprenta, la ciencia ficción sobrevivirá claramente a la llegada del bookwarez.

Ya casi hemos acabado, pero hay un cosa más que me gustaría hacer antes de bajarme del escenario. Pensad en ello como una “propina”, un pequeño extra para agradeceros vuestra paciencia.
Hace aproximadamente un año, publiqué mi primera novela, Down and Out in the Magic Kingdom, en la red, bajo los términos de la licencia Creative Commons más restrictiva que había. Todo lo que permitía a mis lectores era mandarse copias de mi libro. Cuidadosamente, estaba mojando el pie en el agua, aunque en aquel momento me sentía como si me estuviera lanzando de cabeza.

Ahora sí que me voy a lanzar. Hoy voy a re-licenciar el texto de Down and Out in the Magic Kingdom bajo una licencia de Creative Commons, la “Attribution-ShareAlike-Derivs-Nonommercial” [VERSIÓN DE LA LICENCIA LEGIBLE POR HUMANOS], lo que quiere decir que, a partir de hoy, tenéis mi bendición para crear obras derivadas de mi primer libro. Podéis hacer películas, libros hablados, traducciones, fición amateur, ficción erótica (Dios nos valga), ficción erótica con gente disfrazada de muñecos de peluche [DETALLE DE LA JERARQUÍA GEEK], poesía, traducciones, camisetas, lo que queráis, con dos componendas: uno, que tenéis que dejar que los demás puedan copiar, mezclar y grabar vuestras creaciones del mismo modo en que estáis manipulando la mía; y dos, tenéis que hacerlo de forma no comercial.

El cielo no se desplomó cuando me mojé los dedos del pie. Veamos qué pasa cuando me meto hasta la rodilla.
El texto con la nueva licencia estará en la red antes del final del día. Para más detalles, http://craphound.com/down/

Ah, y también voy a liberar el texto de este discurso bajo una dedicatoria al dominio público de Creative Commons, dándosela al mundo para que haga lo que le parezca. El enlace aparecerá en mi weblog, Boing Boing, antes de que acabe el día.

Aquí se termina esta charla, por ahora. Gracias a todos por vuestra amable atención. Espero que sigáis escudriñando una topología más detallada de la forma de los libros electrónicos, y que me ayudéis a mostrarlos aquí a la vista de todos.

Cory Doctorow 
En vuelo sobre Tejas
4 de febrero de 2004
[Traducido por Javier Candeira 
Rodeado de linuxeros, en Lleida (Lérida), España
23 de abril de 2004 
Diada de Sant Jordi 
Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor]
[Editado por José Antonio Millán
Sobrevolando a su familia en Sarrià (Barcelona, España)

23 de abril del 2004
Día del Libro

Notas
 (del traductor salvo otra indicación)
[*] Esta edición ha reconstruido algunos de los contenidos de las diapositivas originales, restituyéndolas en sus lugares [N. del Editor]
[1] Los interesados en este tema pueden seguirlos (y colaborar) en la lista de correo del proyecto de traducción al español y transposición a la legislación española de las licencias Creative Commons: http://lists.ibiblio.org/mailman/listinfo/cc-es http://creativecommons.org/projects/international/es/
[2] Debo a José Antonio Millán la expresión “cáspa de árboles — encuadernada en vaca muerta” para referirse a los libros tradicionales (traducción de Tree flakes encased in dead cow, de William Mitchell en su libro City of Bits: Space, Place, and the Infobahn), y que aquí traduce los dead trees (árboles muertos) que emplea Doctorow.
[3] En el argot de los crackers o intrusos informáticos, “0wn” significa hacerse con el control total de algo. En el caso de Doctorow el uso de cero en lugar de la letra o no indica “mirad lo estupendo que soy”, sino que es irónico.
[4] Provocadores [N. del Editor].
[5] ACE es una editorial dedicada a la ciencia-ficción, y sus ediciones dobles son libros que contienen dos novelas breves (o relatos largos) de autores distintos, encuadernadas de modo que el volumen tiene dos portadas, y una vez se lee uno hay que darle la vuelta al libro para empezar por el otro extremo y leer el otro.
[6] Pido disculpas a mis lectores hispanoamericanos. En inglés original: Cool Things. Cosas estupendas, vamos. [Bueno: no sé tampoco si ‘cosas estupendas’ es algo universal en el orbe hispanohablante… N. del Editor]
[7] Wind Done Gone es una obra paródica que cuenta desde el punto de vista de los esclavos negros los acontecimientos de Gone With the Wind (Lo que el viento se llevó), el best-seller de Margaret Mitchel que dio lugar a la famosa película. El pleito que siguió a su publicación es un buen ejemplo de la tensión legal que existe entre el copyright y la libertad de expresión.
[8] Geeks: empollones asociales para los que usen la palabra de forma despectiva, o locos divinos y obsesivos para los que usen la palabra de forma apreciativa. La discusión que se encuentra en Barrapunto: http://barrapunto.com/lengua/100/09/23/0919211.shtml contiene una contribución en la que el presente traductor dijo todo lo que tenía que decir: http://barrapunto.com/comments.pl?sid=32673&cid=6765
[9] En este caso, aunque el dominio público español no sea lo mismo que el public domain norteamericano, Mickey Mouse habría pasado, al caducar el plazo de protección de copyright, también al dominio público español.
[10] Según la doctrina jurisprudencial norteamericana, el fair use constituye el conjunto de prácticas que requieren la copia de un material, pero que no infringen el copyright, como su uso en la crítica, el estudio, la parodia o el uso privado. Correspondería, de forma general y sin una equivalencia directa, a los derechos de copia privada o de cita en la legislación española.
[11] La literatura pulp se conoce en español como la literatura “de kiosko”, revistas impresas en papel de baja calidad (pulp) que tuvo su apogeo en las décadas de 1920 y 1930.