#StopSOPA

La suma de las partes.

Me resulta muy difícil dejar de lado el trabajo en equipo. Hoy, en otro momento de mi vida, más en solitario y marcando mi propio rumbo, extraño el trabajo en conjunto. Tampoco es que mi trabajo hoy me exija la soledad absoluta al punto del ostracismo. Ahora trabajo de otra manera, solo que el equipo no lo tengo a mi lado.

Tengo claro que soy, en gran parte por aquellos que me rodearon, un tipo de persona, de profesional que posiblemente no habría sido el mismo sin ese aporte, sin las noches interminables con algún pitch impresentable. Todo esto, aunque ya les esté sonando a despedida y tenga el sabor salado y tibio de las lágrimas, no es ni más ni menos que una exaltación de algo que para mí es muy importante: la colaboración.

Según estos chicos de la Real Academia Española en su versión online, colaborar es algo así:

colaborar. (Del lat. collaborāre).
1. intr. Trabajar con otra u otras personas en la realización de una obra.

Stop. Síganme porque voy a andar por un camino paralelo por un momento. Leía hace un tiempo que cuando los japoneses comenzaron a meter sus animé (dibujos animados) a mediados de los años 60 en el mercado occidental, concretamente, en el poco educado país del norte. Imaginen el horror al ver a Astro Boy (1963) o Speed Racer (1967) y para finales de la década llegaron a la conclusión de que el contenido era inapropiado para los pobres niñitos americanos. Aunque debo reconocer que los japoneses siempre fueron un poco más allá y siempre recurro a la misma anécdota: aquellos que hayan recorrido parte de su niñez en los 80 recordarán a Mazinger Z. Hasta acá, nada raro. Pero este dibujo animado contaba entre sus filas con el primer travesti que yo recuerde haber visto en televisión, aun sin saber qué cuernos era un travesti. Y no hablo de otro/a más que el Barón Ashler. Esto, sin profundizar en los “cohetes” de Afrodita o en el Conde Decapitado.

El Conde decapitado
El Barón Ashler.
Afrodita
Afrodita.

Al comenzar la industria del VHS, los fans americanos debieron sortear la barrera del idioma para poder consumir aquel material proveniente de la tierra de los samurais. Misma norma entre países (NTSC) y llegamos a fines de la década del glam rock que dio lugar al inicio del “fansubbing”, como se conocía a subtitular películas provenientes de Japón al inglés. La tecnología lo permitía y todo se hizo más simple. Este trabajo lo realizaban los fans que lograban de esta manera redistribuir el material y ponerlo en manos de otros fans que, por supuesto, no sabían japonés. Creo, a mi entender, que este es un buen ejemplo de colaboración. No sé si habrán habido quejas por parte de las productoras niponas por este accionar que hoy podríamos englobar dentro del concepto “piratería”. Claro que, de no ser por estos fans, habría sido muy difícil lograr avanzar hacia un mercado marcadamente occidental y con ciertos reparos para darle rienda suelta al acceso de los niños a este tipo de material. Stop.

De vuelta al punto inicial.

La colaboración puede tener la desventaja de tener muchas manos involucradas, algo que con reglas claras puede ser muy saludable. Desde Wikipedia hasta comunidades de fanáticos que comparten materiales, opiniones e ideas, generando algo aún mayor que lo que podrían haber hecho (si llegaban a hacerlo) cada uno de sus integrantes por separado, se viene dando esta situación.

Colaborar, trabajar en equipo, es una de las cosas más importantes en mi carrera profesional y está ligada, muy íntimamente, a meterme el ego en el culo. Bien al fondo. Si mi ego pudo ser escondido, creo que en otros ámbitos, un poco de sensatez generaría resultados muy favorables para muchos.

Pienso en las grandes editoriales que miran con espanto como una red distribuye y vende publicaciones apócrifas (así es como las llaman) de sus propias publicaciones originales a mitad de precio en puestos callejeros y en plazas de Buenos Aires. Pienso que ese material no está escaneado, tal vez me cuesta pensar en alguien scaneando las 600 páginas de Harry Potter. Es el mismo pensamiento que me cruza la mente cuando dos semanas antes del lanzamiento oficial, un disco está completito en todos los sitios de descarga. Alguien filtra el material.

A modo de pequeña anécdota, el otro día conocí a un escritor (un verdadero impresentable sin códigos) que está por publicar un libro. La editorial que va a poner eso en la calle le armó un site con muy poca onda y sin tener en cuenta las posibilidades que podrían brindar un espacio en la web como promotor del material. Ante mi pregunta sobre el texto del libro allí colgado, me contestó que solo podía poner 1000 palabras, cuando para mí, lo lógico era colgar de manera gratuita el primer capítulo. La conversación derivó en la siguiente frase: “La editora me preguntó a mí (por el autor) qué era un ebook.”

Con estas capacidades limitadas para generar soluciones ante una situación que pareciera no tener salida alguna, las editoriales, discográficas, etc., solo pueden recurrir a la justicia y a hacer lobby en los parlamentos para hacer valer el poder económico que, por inoperancia propia y falta de capacidad para adepatarse, no pueden seguir manteniendo.

Ya escribí sobre la educación, algo al menos. Si en vez de hacerme comprar 5 ó 6 libros de autores diferentes para leer estudiar solo unos pocos capítulos, la fotocopiadora no tendría sentido, o al menos perdería parte de él. Las casas de fotocopias deben pagar un canon por la fotoduplicación de material con derechos, ¿realmente lo hacen? ¿cómo se controla esto? ¿Se controla? Porque recurrimos a este sistema de copia, muchas veces, por falta de recursos para acceder a todo lo que nos solicitan.

Universidades, escuelas y cualquier entidad educativa podría tener los contenidos específicos de la carrera, materia o plan de estudios. Esto, como opción a la compra innecesaria a la que hice mención anteriormente. Si tomamos aquellos capítulos y autores que son útiles para cada programa, podríamos estar hablando de un libro con variedad de contenidos y autores, material específico para cada necesidad. ¿Las universidades no pueden ponerse de acuerdo para negociar algo semejante con las editoriales? El negocio está en que no se dejan de pagar derechos por “fraccionar” la información. Cada entidad educativa tendrá que pagar la parte correspondiente por el contenido solicitado y ahorrarían varias compras inútiles a los estudiantes. El tema está en que si no saben de qué van las nuevas tecnologías, para qué sirven y cómo sacarles provecho, es muy difícil que puedan pensar de manera colaborativa. Posiblemente esto ya se esté haciendo en algún lugar del mundo, pero me queda esa extraña sensación de que si no lo vemos en un noticiero televisivo, la idea no es válida ni siquiera para tirarla sobre la mesa y conversarla.

Ante todo cambio, la reacción primaria es el miedo a lo desconocido que viene de la mano de la prohibición y ya ven que por más juicios, gente presa, bajas de sites, etc., todo sigue como antes, porque aquellos que manejan la tecnología y lograron entenderla, encuentran nuevas formas de seguir adelante.

Con libros cada vez más caros y sin ningún tipo de plus en su producción o contenidos, puedo no compartirlo, pero entiendo que la gente busque alternativas para el acceso a la cultura, sea cual fuere la índole del artículo. ¿O no se pasan haciendo campañas publicitarias y acciones de marketing para promocionar artículos que solo están al alcance de unos pocos? Y el resto, bien gracias.

Creo que se pueden hacer cosas si se unifican esfuerzos y criterios. Creo que se pueden generar mejoras. Creo que se puede. Pero los grupos económicos son así, son todas para ellos: el dinero, la distribución, los contenidos. Vos, yo, todos, como lectores o espectadores (hasta como simples consumidores y nada más) somos los que, en definitiva, terminamos de darle sentido y real valor a lo que esta gente nos quiere hacer consumir. Sin nosotros, no existiría la casi básica colaboración que se debería de dar entre el producto o servicio publicitado y quienes tendríamos el rol de consumirlo. Faltan ideas, sobran los vivos…

Algunas referencias: Libros pirata, la nueva amenaza (La Nación).

Jenkins, Henry, Convergence Culture.

Un cacho de cultura.

Cada vez que pienso en la educación de mis hijas, no logro sacar de mi cabeza “colegio”, palabra que va estrechamente ligada a una cuota con un cierto gustito a sal.

De hecho, yo fui a colegio y no a escuela, aunque todo debería tener el mismo nombre y solo diferenciarse por ser estatal o pública y privada. Pero el caso es que, cuando era chico, la escuela aún gozaba de buena salud y el guardapolvo blanco era una marca registrada.

Creo que todo olía a cierto respeto, de los padres hacia los maestros y viceversa. Hoy los padres saben más que los maestros y no aceptan malas notas, castigos o penitencias, como si fuera una reacción en contra de todos los sufrimientos que les hicieron parir de chicos.

¿Qué nos pasa? Primero, que no entendemos límites de ningún tipo, nos da todo igual, nos pasamos las leyes y las normas por el forro y echamos nuestras culpas sobre nuestro vecino. Esto es un tema más sociológico y mi competencia en el tema (aunque me gusta y mucho) no es suficiente.

Lo que cambió en la escuela, además de la payasada del Polimodal, es que dejamos (no todos) las tizas y ahora escribimos en pizarras con marcadores. Un avance que da vértigo. Lo que nunca cambió fue la implemtación de políticas económicas excluyentes; el que puede accede, el que no, se jode. ¿Qué ven los chicos cuando hablan de su futuro? ¿Ven algo tangible? A mí queda esa sensación de que estamos en la época más punk de todas y donde el No Future de Rotten se vislumbra claramente. Espero que solo sea una exageración pero yo no puedo contestar a esas preguntas (y eso que soy un pibe).

Por nuestra profesión estamos acostumbrados a presentar un PPT con una portátil y un cañón/proyector. Parece básico pero en muchas escuelas/colegios aún gozan de las bondades de una videocassetera. Y me pregunto si teniendo en cuenta como son los chicos hoy, lo prematuros que son para lo bueno y lo malo, no deberían modificar la manera de dar los contenidos. Pienso en el bodoque de manual que nos hacían comprar todos los años y me da escalofríos, las mismas fotos, los mismos textos, algunas infografías nuevas y la historia narrada, una y otra vez como en los manuales. Esto tiene que ver con el contenido.

La forma se sigue repitiendo y seguimos haciendo láminas para decorar el pasillo de la escuela. No lo tomen como algo a lo que me opongo, me gusta que los chicos jueguen con las manualidades (siempre y cuando las hagan ellos) pero no solo de láminas vive el hombre.

Los chicos de hoy son hijos de la pantalla, ni siquiera los voy a poner bajo el mote de “nativos digitales”, pero su forma de consumo de los contenidos es muy diferente a la nuestra y para que ellos aprendan, entiendan y participen, debemos hablarles en el mismo idioma. ¿Por qué reaccionan los chicos de ciertas edades al dinosaurio Barney casi sin excepción? Porque el mamotreto violeta ese les habla en su idioma, con sus códigos. Los programas los arman productores, creativos y pedagogos a la caza de un espacio que es negocio siempre: bajan línea (sobre todo valores), muestran todo lo lindo que el mundo puede ser si somos como en la tele y después llega el merchandising, los contenidos audiovisuales, las obras de teatro…

El tema es que pasan los años y seguimos enseñando lo mismo con ciertas modificaciones y de la misma forma. ¿No debería ser la escuela donde realmente los chicos pudieran desplegar todo su potencial creativo sea cual fuere su índole? ¿No deberíamos estimularlos para que nunca dejen de pensar creativamente aunque su vocación sea la neurología?

Hace dos semanas me topé con este video mientras preparaba la clase que me tocaba dar el miércoles siguiente. En realidad no me tropecé con el video por casualidad, sino que el link apareció en una ventana de chat gracias a Guido Lancellotti (@guidoslancelot). “Esto te va a gustar”, me dijo y tenía razón, porque mucho de lo que pienso sobre este tema sin poder ponerle un orden, Ken Robinson lo puso en palabras. Vean el video del TED 2006, vale la pena.

Por supuesto que mi idea no pasa por querer o pretender que todos piensen como creativos publicitarios, preferiría que no lo hicieran. Solo pienso en intentar no “encorsetar” la vida de los chicos; veo la escuela como una especie de “servicio militar” (por favor, es un ejemplo) donde se los prepara para algo que, lamentablemente, difiere mucho de lo que hay una vez terminada la secundaria.

Escuché en un programa de TN como María Laura Santillán se regodeaba ante las palabras de los españoles que se vinieron a vivir a Buenos Aires por la crisis. “Es mentira que en la Argentina los chicos no leen”. Sí, este país está lleno de cultura, de teatros llenos, de cines, de espectáculos de toda índole, pero la cultura escrita es solo para pocos. Parte es una gran falta de interés de los más jóvenes y parte (algún día espero que las editoriales hagan un mínimo mea culpa) es por los costos de los libros. Ni siquiera me detendré en temas de libros electrónicos ni en los dispositivos para leerlos.

Si leyeran, no vería las burradas que leo a diario de chicos que empiezan a trabajar. Si leyeran, la competencia cultural de los más jóvenes sería más amplia. Peor aún, muchos se envalentonan porque al parecer leen la sección deportiva del diario del domingo. Creo que la disciplina o la firmeza en el ámbito educativo tiene que estar orientada hacia una mejora sistemática de las formas para que, tiempo mediante, los chicos puedan enamorarse de alguna manera de aquello que hacen como parte de su formación.

Mi vieja es docente pero ejerció muy poco tiempo. Cuando yo no tenía más de 10 años comenzó a dar clases de apoyo particular por esas cosas que pasaban (y pasan) en las casas de muchos: un sueldo no alcanzaba. Lo que recuerdo eran los dictados de mi mamá que, en muchos casos, eran compartidos por otros de los chicos de la mesa, y casualmente, la mesa era redonda. Odiaba a mi mamá y sus dictados de libros con olor a poliya muerta en la época de los faraones, pero con el tiempo me di cuenta de algo: mi vieja nos trataba a todos iguales y eso yo no me lo bancaba porque no sentía que tuviera los problemas de aquellos que me acompañaban. ¿Saben qué? Gracias a mi vieja aprendí a escribir y a leer en voz alta. Hace unos años, sorprendido por la cantidad de animaladas diversas que tuve que leer en una agencia, volví a mi casa y le di las gracias.

Mi mamá no entendía de nuevos métodos pedagógicos de enseñanza. Mi vida pasaba entre el fútbol en el colegio, unos comics que guardaba con celo debajo de mi cama y He-Man. Eran los 80′s y veía un rato de tele para almorzar y después no se volvía a encender hasta la hora de la merienda. Cinco canales, nada más.

Ahora vivo con mi familia a tres cuadras de una biblioteca municipal grande. Cada vez que voy a llevar algunos libros me quedo hablando con la señora que atiende, que estimo tiene más de 70 años. Me quedó grabado lo que me dijo la última vez después de putear de manera muy solapada al intendente por su pésima política cultural/educativa: “Este lugar, hace muchos años estaba lleno de libros. Ahora es solo la mitad. Si no fuera por las clases de yoga, dibujo y demás, esto debería estar cerrado. Acá, con suerte, vienen algunos chicos de la facultad.” Me fui con una angustia…

Un libro no te enseña a leer (sea físico o electrónico) ni a escribir pero puede darte algo que te está faltando. San Martín no cruzó los Andes en un burrito muerto de hambre ni El Aleph es solo una letra del alfabeto hebreo. Pero si no empezamos a generar un cambio que pueda motivar a los chicos para que no crean que leer y estudiar (aunque sea ballet o kung-fu) es solo un trámite que les insume sus días y que no tiene ningún tipo de utilidad, entonces, será muy factible que para ellos, Inodoro Pereyra sea solo una marca de sanitarios.

N. de A.: pueden ver esta entrada en Hacé Pogo y disfrutar, además, de opiniones de otros profesionales.

Libros electrónicos: ni libros, ni electrónicos (by @doctorow)

Mientras estoy cada día más convencido de que este blog tiene más un costado antroplógico que publicitario, quería compartir con ustedes una charla que dio Cory Doctorow hace unos años. Se explica sola y creo que no hace falta que yo le haga el prólogo a lo que van a leer a continuación.

Espero que 2011 me traiga a aquellas personas a las que hace mucho quiero entrevistar, a saber: el mismísimo Cory Doctorow, Henry Jenkis, Alan Moore, Neil Gaiman y Gary Groth, editor de Fantagraphics. Sin links, a secas, búsquenlos, se van a sorprender de las cosas que hicieron, hacen, lo que escriben y opinan. Este es mi deseo para este año (aunque siempre intercalo alguno extra). Pero antes de seguir con promesas y demagogia blogger, disfruten de lo sigue a continuación.

——————————————————————————————————————————–

Cory Doctorow
 doctorow@craphound.com
Traducción de Javier Candeira
hiperactivo.com
Artículo para la Conferencia O’Reilly sobre Tecnologías Emergentes (O’Reilly Emerging Technologies Conference) 12 de febrero del 2004 – San Diego, California, EEUU
This text is dedicated to the Public Domain.

Preámbulo
Esta conferencia se pronunció originalmente en la O’Reilly Emerging Technologies Conference (Conferencia O’Reilly sobre Tecnologías Emergentes), junto con unas proyecciones que, por razones de copyright (¡qué irónico!) no se pueden publicar a la vez que este documento. Sin embargo se encuentran, entreveradas en el texto, anotaciones que describen los lugares donde se cargaba cada nueva diapositiva, entre [corchetes] [*].
[Nota del traductor: originalmente este texto estaba puesto en lo que la legislación norteamericana llama “public domain”, que es donde van a parar los textos cuyo copyright ha caducado. El significado de “dominio público” según la legislación española, que sigue la tradición europea del Derecho de Autor, es distinto del del “public domain” [1], así que este texto queda liberado al “Public Domain” según la legislación de los Estados Unidos de América. Por esta razón el siguiente texto, que tiene valor legal, está en inglés. Por el mismo motivo su primera publicación se hace en un servidor en territorio USA.]

[Lo siguiente es una traducción al español de la anterior dedicatoria de copyright, con un intento de transposición a la legislación española de derechos de autor, hecha por el presente traductor, que no es abogado aunque tenga el derecho de conocer las leyes y el deber de cumplirlas. Con esta versión se intenta tanto transmitir la intención del autor inicial, como tener un documento de trabajo para una futura licencia de “dominio público” para España/en español. Queden los lectores advertidos de que no tiene más valor legal que el que tiene una declaración pública de intenciones:

Dedicatoria de Copyright (Basada en la interpretación de un lego de la legislación española de derechos de autor)
La persona o personas que han asociado su trabajo con este documento (el “Dedicante” dedican por la presente todos los derechos alienables reconocidos por la legislación de derechos de autor (incluyendo la difusión y la explotación comercial, pero sin exclusión de otros) de la obra de autoría identificada a continuación (“la Obra”) al dominio público. El Dedicante hace esta dedicatoria para el beneficio del interés general y en detrimento de los herederos y sucesores del Dedicante. El Dedicante pretende que esta dedicatoria sea un acto explícito de renuncia a sus derechos alienables presentes y futuros sobre la Obra según las leyes de derechos de autor, sin perjuicio del derecho inalienable de autoría, y con la autorización expresa de realización de obras derivadas siempre que las modificaciones o adiciones no se atribuyan al Dedicante en respeto de su derecho de atribución de autoría. El Dedicante entiende que tal renuncia a todos los derechos incluye el abandono de todos los derechos de hacer cumplir (ante los tribunales o por otros medios) los copyrights de la Obra. El Dedicante reconoce que, una vez en el dominio público, la Obra puede ser libremente reproducida, distribuída, transmitida, usada, modificada, transformada, o explotada de otros modos por parte de cualquiera y con cualquier fin, comercial o no comercial, incluso por métodos que aún no se hayan inventado o concebido.]

Libros electrónicos: ni libros, ni electrónicos

Para empezar, permítanme resumir las lecciones e intuiciones que he obtenido acerca de los libros electrónicos a partir de haber publicado dos novelas y la mayor parte de una colección de relatos bajo una licencia Creative Commons. Una parodia que publicaba la lista de títulos alternativos para las sesiones de este evento llamó a esta charla “Por ahora, los libros electrónicos son un asco” [Por ahora, los libros electrónicos son un asco], y a pesar de que es divertido, no creo que sea cierto.

No, si hubiera tenido que buscar otro título para esta conferencia, la habría llamado: “Libros electrónicos: estás sumergido en ellos”. [Libros electrónicos: estás sumergido en ellos]. Esto es porque creo que la forma de los libros electrónicos del futuro es casi visible en la forma en que la gente interactúa con el texto a día de hoy, y que el trabajo de los autores que quieren hacerse ricos y famosos es llegar a una mejor comprensión de esa forma.
No he llegado a una comprensión perfecta. No sé qué aspecto tiene el futuro del libro. Pero tengo ideas, y las voy a compartir con vosotros:

1. Los libros electrónicos no son márketing. [Los libros electrónicos no son márketing] Está bien, los libros electrónicos son márketing; esto es, regalar libros electrónicos vende más libros de papel. En Baen Books, que edita un montón de colecciones, se han dado cuenta de que regalar ediciones electrónicas de las anteriores entregas de sus series simultáneamente con el lanzamiento de un nuevo volumen hace que el nuevo libro se venda mucho mejor —y el catálogo también. Y el número de personas que me escribieron para decirme cuánto les gustó el libro electrónico y por eso habían comprado el de papel es mucho más alto que el de personas que me escribieron diciendo: “Ja, ja, hippie, me he leído tu libro gratis y ahora no lo voy a comprar”. Pero los libros electrónicos no deberían ser tan sólo márketing: los libros electrónicos son una meta en sí mismos. En el análisis final, más gente leerá más palabras de más pantallas y menos palabras de menos páginas, y cuando las dos líneas se crucen, los libros electrónicos tendrán que ser el modo en que los escritores se ganen la vida, no el modo en que promocionen las ediciones en caspa de árboles [2].

2. Los libros electrónicos complementan a los libros de papel. [Los libros electrónicos complementan a los libros de papel]. Es bueno tener un libro electrónico. Es bueno tener un libro de papel. Es mejor tener los dos. Un lector me escribió para decirme que había leído la mitad de mi primera novela en el libro encuadernado, y había impreso la otra mitad en papel en sucio para leerlo en la playa. Algunos estudiantes me escriben para decirme que es mejor hacer sus trabajos de clase si pueden copiar y pegar sus citas en el procesador de texto. Los lectores de Baen usan las ediciones electrónicas de sus series favoritas para elaborar concordancias de personajes, lugares y acontecimientos.

3. Si no p0sees el libro electrónico, no p0sees el libro [Si no p0sees el libro electrónico, no p0sees el libro] [3]. Soy de la opinión de que el libro es una “práctica” (una colección de actividades sociales, artísticas y económicas) y no un “objeto”. Contemplar el libro como una “práctica” en lugar de un objeto es un concepto bastante radical, y plantea la pregunta: ¿Pero qué demonios es un libro? Buena pregunta. Escribo todos mis libros en un editor de texto (BBEdit, de Barebones Software —el mejor editor de texto que podría desear). Desde allí puedo convertirlos en archivo PDF formateado a dos columnas . Puedo convertirlos en archivos. Puedo dejarlos en manos de mi editor, quien puede convertirlos en galeradas, copias para críticos, ediciones en tapa dura y en rústica. Puedo dejarlos en manos de mis lectores, quienes pueden convertirlos en una panoplia insospechada de formatos.

El Libromóvil de Internet (Internet Bookmobile) de Brewster Kahle puede convertir un libro digital en un libro de papel a cuatro colores, cortado a sangre, encuadernado, con cubierta laminada y lomo impreso en diez minutos, mas o menos por un dólar. ¡Intenta convertir un libro de papel en PDF, o en html, o en un documento de texto, o en un Rocket Book, o imprimirlo por un dólar, todo en diez minutos! Es irónico, porque una de las razones más frecuentemente citadas para preferir los libros de papel a los electrónicos es que el papel confiere una sensación de posesión de un objeto físico. Antes de que se pose el polvo en torno a este asunto de los libros electrónicos, tener un libro de papel dará una sensación de posesión menor que tener una edición digital abierta del texto.

4. Los libros electrónicos son mejor negocio para los autores. [Los libros electrónicos son mejor negocio para los autores]. La compensación que reciben los autores es bastante mísera. Amazing Stories, la revista de ciencia ficción de Hugo Gernsback, pagaba un par de centavos de dólar por palabra. Hoy, las revistas de ciencia ficción pagan… un par de centavos por palabra. Las sumas en cuestión son tan minúsculas, que no llegan a ser insultantes: son pintorescas e históricas, como el cartel de WHISKY 5 CENTAVOS que hay tras la barra del bar en un parque temático de la era de los pioneros. Algunos escritores viven a lo grande, pero no son más que errores de redondeo comparados con la población total de escritores de ciencia ficción que se ganan la vida, al menos parcialmente, en el mismo negocio. Casi todos nosotros podríamos estar ganando más dinero en otro sitio (aunque podemos soñar con ganar un montón de dinero de magnitudes stephenkingianas y, por supuesto, nadie jugaría a la lotería si no hubiera ganadores). El incentivo primario para la escritura tiene que ser la satisfacción artística, el masaje del ego, y un deseo de posteridad. Los libros electrónicos lo ofrecen. Los libros electrónicos entran a formar parte del corpus del conocimiento humano porque los motores de búsqueda los indexan y reproducen a centenas, miles o millones. Si Google puede encontrarlos, sus usuarios también.

Aún mejor: los libros electrónicos nivelan el terreno de juego entre los autores y los trolls [4]. Cuando despegó amazon.com, a muchos escritores se les puso el alma en vilo ante la idea de que patanes con hachas afiladas estaban llenando los tablones de mensajes de Amazon con ataques malintencionados a su obra; si una recomendación es la mejor manera de vender un libro, seguro que una condena personal es la mejor manera de no vender un libro. Hoy, los trolls siguen con nosotros, pero ahora los lectores pueden decidir por si mísmos. Aquí está un trozo de un comentario sobre Down and Out in the Magic Kingdom, puesto recientemente en Amazon por “un lector de Redwood City, California”:

Realmente no estoy seguro de qué tipo de drogas están fumando los críticos, o cómo los sobornan. Pero diga lo que diga la Entertainment Weekly, lo que diga este periódico o aquella revista, no te deberías gastar el dinero. Descárgalo gratis del sitio web de Corey [sic], lee la primera página, y gira la cabeza asqueado —este libro es para la gente que piensa que El Código Da Vinci de Dan Brown está bien escrito.
En los viejos tiempos, este tipo de cosas me habría cabreado solemnemente. ¡Patanes neandertaloides y malintencionados, difamando mi buen nombre! ¡Caracoles! Pero examinad más de cerca el pasaje infame:
Descárgalo gratis del sitio web de Corey, lee la primera página.

¿Lo veis? ¡Demonios, este tío está trabajando para mí!. ¡Alguien acusa a un escritor al que estoy considerando leer de pagar a Entertainment Weekly para que diga cosas amables de su novela, “un escritor sorprendentemente malo”, nada menos, cuya prosa es “estirada, digna de un aficionado, y poco inspirada”! Quiero leer a ese escritor. Y puedo hacerlo. Con un clic. Y después decido por mí mismo.

En el mundo del arte no se llega muy lejos sin una saludable dosis de ego e inseguridad a partes iguales, y lo malo de poder buscar en Google todo lo que la gente dice de tu libro es que puede manipular directamente la parte de inseguridad — “¡Toda esa gente se meterá en la cabeza que no hay que fijarse en mi libro porque habrán leído las malas críticas en la interweb!”. Pero el otro lado de la moneda es el ego: “Si le dan una oportunidad, se darán cuenta de lo bueno que es”. Y cuanto más sangrante sea la crítica, más probable es que le echen un vistazo. Toda prensa es buena prensa, siempre que escriban bien tu URL (¡incluso si escriben mal tu nombre!).

5. Los libros electrónicos necesitan asumir su naturaleza. [Los libros electrónicos necesitan asumir su naturaleza] El valor distintivo de los libros electrónicos es ortogonal al valor de los libros en papel, y gira alrededor de la mezclabilidad y envíabilidad del texto electrónico. Cuanto más se constriñan las proposiciones de valor distintivas de los libros electrónicos, cuanto más se restrinja la habilidad del lector de copiar, transportar o transformar un libro electrónico, más hay que evaluarlo en los mismos ejes que un libro de papel. Los libros electrónicos fracasan en esos ejes. Los libros electrónicos no ganan a los libros de papel en cuanto a tipografía sofisticada, no están a su altura en cuanto a la calidad del papel o al olor de la cola. Pero intenta mandarle un libro de papel a un amigo que vive en Brasil, gratis, en menos de un segundo. O cargar mil libros de papel en un dedal de memoria flash que llevas enganchado al llavero. O buscar en un libro de papel cada aparición del nombre de un personaje para encontrar un párrafo querido. Demonios, intenta copiar un párrafo lúcido y conciso de un libro de papel para ponerlo en tu firma de correo.

6. Los libros electrónicos exigen un lapso de atención diferente (pero no menor) [LOS LIBROS ELECTRÓNICOS EXIGEN UN LAPSO DE ATENCIÓN DIFERENTE (PERO NO MENOR)] Los artistas siempre se ven decepcionados por la capacidad de atención de su público. Si nos remontamos lo bastante atrás encontraremos escritos cuneiformes lamentando el loco estilo de vida de los sumerios del momento, con su insistencia en los mitos con argumentos, personajes y acción, no lo que teníamos antiguamente. Como artistas, sería mucho más fácil si nuestro público fuera más tolerante con nuestra tendencia a aburrirlos. Podríamos explorar muchas más ideas sin preocuparnos de rebozarlas, para hacerlas más tragables, con las capas de chocolate del entretenimiento. Nos gusta pensar que las capacidades de atención acortadas son un producto de la era de la información, pero atención a esto:

Desde luego, para practicar de este modo la lectura
como arte se necesita ante todo una cosa que es precisamente
hoy en día la más olvidada (versión de Andrés Sánchez Pascual, Alianza, Madrid, 1997)
En otras palabras, si mi libro es demasiado aburrido, es porque no estás prestando la debida atención. Los escritores dicen esto todo el rato, pero esta cita no es de este siglo ni del pasado. Es del prólogo a la Genealogía de la moral, de Nietzsche, publicada en 1887.

Sí, hoy en día nuestros lapsos de atención son distintos, pero no necesariamente más cortos. Los seguidores de Warren Ellis consiguieron mantener la línea argumental de Transmetropolitan en sus mentes durante cinco años mientras la historia goteaba en entregas de cómics mensuales. Las entregas de la serie de Harry Potter de J.K. Rowling engordan más y más con cada nuevo volumen. Bosques enteros caen bajo el hacha de series de ficción tan longevas como los libros de Wheel ot Time de Robert Jordan, cada uno de los cuales dura aproximadamente 20.000 páginas (puedo haberme equivocado un orden de magnitud para arriba o para abajo). Está claro que hoy en día los debates presidenciales transcurren en cortes de audio de 30 segundos y no en los festivales de oratoria de días de duración de los debates Lincoln-Douglas, pero la gente se las arregla para prestar atención a las campañas presidenciales de 24 meses de principio a fin.

7. Necesitamos todos los libros electrónicos. La mayor parte de las palabras escritas en la historia se han perdido. Ninguna biblioteca recoge todos los libros escritos que aún perduran, y ningún individuo podría arañar la superficie del corpus completo de escritos. Ninguno de nosotros podrá leer más que una mínima esquirla de literatura humana. Pero eso no quiere decir que quedándonos sólo con los textos más populares podamos tener una revolución de la literatura electrónica como Dios manda.
Para empezar, todos somos casos marginales. Claro está que todos tenemos el deseo común de disfrutar del núcleo del canon literario, pero cada uno de nosotros quiere completar esa colección con textos diferentes, que son tan distintivos e individualistas como huellas dactilares. Si parece que todos estamos haciendo lo mismo cuando leemos, escuchamos música, o pasamos el tiempo en un canal de chat, es porque no nos hemos fijado bien. La comun-idad de nuestra experiencia está presente sólo en una escala de medida muy grande: una vez metidos en una observación de grano más fino, en nuestra experiencia compartida hay tantas diferencias como similitudes.

Sin embargo, yendo más allá, hay una gran diferencia entre una gran colección de textos electrónicos y una pequeña: es la diferencia que hay entre un libro solitario, un estante lleno de libros y una biblioteca completa. La escala cambia las cosas. Pensad en la Web: nadie de nosotros puede soñar con leer ni una mínima fracción del total de páginas de la Web, pero analizando las estructuras de enlaces que unen todas esas páginas, Google es capaz de extraer conclusiones automatizadas sobre la relevancia relativa de distintas páginas frente a distintos argumentos de búsqueda. Ninguno de nosotros se tragará jamás el corpus completo, pero Google puede digerirlo para nosotros y excretar las pepitas humeantes de valor que lo convierten en ese milagro entre los buscadores que es a día de hoy.

8. Los libros electrónicos son como los libros de papel. Para rematar esta charla, me gustaría repasar las formas en que los libros electrónicos son más parecidos a los libros de lo que uno se espera. Una de las verdades recibidas de la teoría de la venta al por menor es que los compradores necesitan entrar en contacto con un producto unas cuantas veces antes de comprarlo — se oye por ahí que el número mágico es siete veces. Eso quiere decir que mis lectores tienen que oír el título, ver la portada, coger el libro, leer una crítica, y así hasta siete veces, de media, antes de estar listos para comprar.

Existe la tentación de considerar la descarga de un libro como comparable a traerlo de la librería, pero se trata de una metáfora equivocada. Muchas veces, quizá casi siempre, descargar el texto del libro es como sacarlo del estante en la tienda y mirar la portada, y leer el texto de la contraportada (con la ventaja de no tener que entrar en contacto con el ADN residual y el burger king dejado por todos los demás que echaron un vistazo al libro antes que tú). Algunos escritores están horrorizados ante la idea de que, de mi primera novela, se han descargado trescientas mil copias, y por ahora “sólo” se han vendido unas diez mil. Si se diera el caso de que por cada copia vendida, treinta desaparecieran de la tienda, sería un resultado aterrador, claro que sí. Pero míralo de otro modo: si de cada treinta personas que miraron la portada de mi libro una lo comprara, yo sería un autor más que feliz. Y lo soy. Esas descargas no me cuestan más que una mirada a la portada en la librería, y las ventas son saludables.
También nos gusta pensar en los libros físicos como algo inherentemente contable de un modo en que los libros digitales no lo son (¡una ironía, porque los computadores son extremadamente buenos contando cosas!). Esto es importante, porque los escritores cobran sobre la base del número de copias vendidas de sus libros, así que llevar bien la cuenta marca la diferencia. Y de hecho mis estados de derechos contienen números precisos para el número de ejemplares impresos, enviados, devueltos y vendidos.

Pero es una precisión falsa. Cuando el impresor hace una tirada de un libro, siempre tira unos cuantos de más al principio y al final de la tirada para asegurarse de que todo está bien y para cubrirse por las posibles roturas, enganchones y deslices. El número total real de libros impresos es aproximadamente el número de libros encargado, pero nunca exactamente; los que hayan encargado 500 invitaciones de boda, probablemente hayan recibido 500 y pico, y ésta es la razón.

Y a partir de ahí los números se hacen aún más difusos. Hay ejemplares robados. Otros ejemplares caen al suelo y estropean. La gente que hace los envíos se equivoca en las cuentas. Algunos ejemplares acaban en una caja equivocada y van a una librería que no las encargó ni recibe factura por ellas, y terminan en la mesa de saldos o en la basura. Algunos ejemplares se devuelven por defectuosos. Otros se devuelven porque no se venden. Otros vuelven a la tienda al día siguiente acompañados de una ráfaga de remordimientos de comprador. Otras van al sitio donde acaba el calcetín desparejado de la lavadora.

Los números de un estado de derechos (el documento que informa a un autor de cómo van sus cuentas con la editorial) son actuariales, no reales. Representan una especie de estimación aproximada de los ejemplares enviados, vendidos, devueltos, etc. La contabilidad actuarial funciona muy bien: lo bastante bien para soportar las gigantescas industrias de la banca, los seguros y el juego. Es lo bastante buena para dividir los derechos que pagan las sociedades de gestión audiovisual por difusión radiofónica y actuaciones en directo. Y es lo bastante buena para contar cuántas copias de un libro se distribuyen en el ámbito electrónico y en el mundo físico.
Por supuesto que las cuentas de libros de papel tienen un tipo de precisión diferente de las cuentas de libros electrónicos: pero ni unos ni otros son inherentemente “más contables”.

Y finalmente, por supuesto, está el asunto de la venta de libros. Sea como sea que los autores se ganan la vida con sus palabras, impresas o codificadas, su labor primera y más difícil es encontrar un público. Hay más competidores por nuestra atención de los que podemos reconciliar, priorizar o entender. Poner el libro bajo las narices de la persona adecuada, con el argumento de venta adecuado, es la tarea más difícil e importante a la que se enfrenta un escritor.

Los libros me importan. Mucho. Empecé a trabajar en bibliotecas y librerías a la edad de 12 años y me mantuve haciéndolo durante una década, hasta que me encandilaron los cantos de sirena del mundo de la tecnología. Cuando tenía 12 años supe que quería ser escritor y ahora, 20 años más tarde, tengo publicadas tres novelas, una colección de relatos y un libro de no-ficción, dos novelas más bajo contrato, y otro libro en ciernes. [PORTADAS]

He ganado un premio señalado en mi campo, la ciencia ficción y estoy nominado para otro, el Premio Nebula a la mejor novela corta.
Tengo un montón de libros. Sin problema, más de 10.000, almacenados en ambas costas del continente de América del Norte. Tengo que tenerlos, porque son las herramientas de mi oficio: las obras de referencia que manejo como novelista y escritor. La mayor parte de la literatura que me gusta es de vida muy corta, desaparece de los estantes en un par de meses, normalmente para siempre. La ciencia ficción es inherentemente efímera [5].

Ahora bien, tanto como me gustan los libros, me encantan los ordenadores. Los ordenadores son fundamentalmente diferentes de los libros modernos, del mismo modo en que los libros impresos son diferentes de las biblias monásticas: son maleables. En aquel tiempo, un “libro” era algo producido durante muchos meses de trabajo por un copista, normalmente un monje, sobre un sustrato duradero y sexy como la piel de feto ovino.
La fotocopiadora de Gutenberg cambió todo aquello, transformó el libro en algo que podía hacerse con una imprenta en unos minutos, sobre un sustrato más apropiado para limpiarse el trasero que para su exaltación en un lugar de honor de la catedral. La imprenta de Gutenberg significó que en vez de tener uno o dos libros, un miembro de la clase dominante podía amasar una biblioteca, y que en lugar de escoger uno o dos temas para inmortalizarlos en blanco y negro podían tratarse en papel y pasar de mano en mano una gran variedad de temas.

La mayor parte de las ideas nuevas comienzan con muy pocas certezas y mucha especulación. He estado rebuscando a ver si encontraba certezas, y especulando mucho, y el propósito de esta charla es mostrar ambas categorías de ideas. Todo esto comienza con mi primera novela, Down and Out in the Magic Kingdom, que salió el 9 de enero de 2003. En aquel momento había una gran discusión en mis círculos profesionales sobre, por un lado, el lamentable fracaso de los libros electrónicos, y por otro lado, la nueva y asustante práctica de la “piratería” de libros electrónicos.

Era sorprendentemente raro que nadie pareciera darse cuenta que el concepto del “fracaso” de los libros electrónicos chocaba frontalmente con la idea de que la “piratería” de libros electrónicos era algo merecedor de preocupación: digo yo, si los libros electrónicos son un fracaso, ¿a quién le importa un bledo que los colgados de la interweb se los intercambien en Usenet?

Una breve disgresión sobre el doble significado de “libros electrónicos”. Un significado de la palabra se reserva para empresas “legítimas”, esto es, ediciones de los textos de libros autorizadas por el derechohabiente, publicadas en un formato privativo, de uso restringido, en ocasiones para su lectura en un PC multiuso y en ocasiones para leerse en un dispositivo especializado como el Rocketbook de nuvoMedia.

El otro significado de libro electrónico es una edición “pirata” o edición electrónica no autorizada, normalmente hecha cortando la encuadernación de un libro y escaneándolo página por página, y pasando los mapas de bits resultantes por una aplicación de reconocimiento de caracteres (OCR) para convertirlo en texto ASCII, y luego corregirlo a mano. A muchos de mis colegas les preocupa que estos libros también tengan errores deliberados, creados por copistas juguetones que eliminan, añaden o modifican fragmentos del texto para “mejorar” la obra. Francamente, no he visto ninguna prueba de que los copia-libros en cuestión tengan el menor interés en hacerlo, y hasta que la tenga creo que es lo último por lo que nadie debería preocuparse.

Volvamos a Down and Out in the Magic Kingdom. Mejor, todavía no. Quiero haceros llegar la profundidad del pánico que hay en mi entorno por la piratería de libros electrónicos, o “bookwarez” como se la conoce en los círculos de copistas. Había autores que se unían al debate en alt.binaries.ebooks usando nombres falsos, aduciendo el miedo a las represalias por parte de temibles hackers adolescentes que supuestamente podrían cargarse sus informes bancarios en respuesta a ser tachados de ladrones. Mi editor, que es un hacker, editor de weblog y el-tío-que-lleva-la-mayor-colección-de-ciencia-ficción-del-mundo, y se llama Patrick Nielsen Hayden, escribió en uno de los hilos del grupo de noticias, diciendo en parte:

La piratería de textos electrónicos bajo copyright en Usenet y en otros sitios va a ser más y más frecuente, por las mismas razones por las que la gente corriente se hace cassettes de audio de sus discos de vinilo o sus CDs de audio, y copias en videocassete de sus cintas compradas en la tienda. En parte es tacañería; en parte es enfado por los precios de venta; en parte es el deseo de Compartir Cosas que Molan [6] (una motivación normalmente infravalorada por las víctimas de este tipo de piratería manual a baja escala). Ponerse en Alerta Máxima instantáneamente y declarar que es moralmente equivalente a asaltar ancianitas por la calle dificultará avanzar desde esa posición cuando ya no funcione. En los años 1970, la industria discográfica aullaba que “las copias caseras están matando a la música”. Resulta difícil para la gente corriente evitar darse cuenta de que la música no ha muerto. Pero la credibilidad de la industria del disco no es que creciera con ello.

Patrick y yo tenemos una larga relación, que comenzó cuando yo tenía 18 años y me ayudó con una beca para ir a un taller de escritores, siguiendo con un almuerzo decisivo en Nueva York a mediados de los noventa cuando le mostré un montón de textos del Proyecto Gutenberg en mi Palm Pilot que lo inspiraron para empezar a dar licencias de los títulos de Tor para PDAs, hasta el cambio de milenio cuando compró y publicó mi primera novela (desde entonces ha comprado otras tres; ¡Patrick me encanta!).

Cuando los grupos de noticias dedicados al “bookwarez” empezaban a despegar, me llevé una desagradable sorpresa cuando uno de mis colegas inició acciones legales contra AOL/Time-Warner por albergar el grupo de noticias alt.binaries.ebooks. Este escritor alegaba que AOL debería tener la responsabilidad de eliminar este grupo de noticias, ya que transmitía tantos documentos infractores, y que su dejación lo convertía en un colaborador necesario, y por tanto acreedor de las penas increíblemente duras estipuladas en nuestras recién acuñadas leyes de copyright como la No Electronic Theft Act [Ley contra el robo electrónico] y la aborrecible Digital Millenium Copyright Act, o DMCA [Ley de copyright del Milenio Digital].

Esa idea sí que daba miedo: por ahí sueltas andaban personas que pensaban que el mundo sería un lugar mejor si los proveedores de acceso a Internet tuvieran el deber de censurar y hacer de policías activos de los sitios webs y grupos de noticias a los que podían acceder sus clientes, incluyendo el requisito de que los proveedores deberían determinar, por sí solos, lo que era una infracción ilegal del copyright —algo normalmente dejado al cuidado de jueces, informados por consejos de reconocidos estudiosos del copyright. [7]

Se trataba de una idea fenomenalmente idiota, y que me ofendía hasta la médula. Se supone que los escritores son partidarios de la libre expresión, no de la censura. Se diría que algunos de mis colegas estaban encantados con la libertad de expresión, pero tenían reparos ante la idea de compartirla con el resto del mundo.
Bien, demonios, yo tenía un libro a punto de salir, y parecía ser una oportunidad para intentar hacerme una idea sobre este asunto de los libros electrónicos. Por un lado, los libros electrónicos eran un fracaso lamentable, por otro lado cada día había más libros publicados en alt.binaries.ebooks.
Esto me lleva a las dos certezas que tengo sobre los libros electrónicos:

1. Más y más gente está leyendo más palabras en más pantallas cada día.
2. Menos y menos gente está leyendo menos palabras en menos páginas cada día.
Estas dos certezas planteaban un montón de preguntas.
•    Las resoluciones de pantalla son demasiado bajas para remplazar efectivamente al papel
•    La gente quiere poseer libros físicos por su atractivo visceral (a menudo esto viene acompañado de un sermoncillo sobre lo bien que huelen los libros, o el buen aspecto que tienen en una estantería, o lo evocadora que puede ser una mancha de curry en el margen)
•    No puedes llevarte tu libro electrónico a la bañera
•    No puedes leer un libro electrónico sin electricidad y un ordenador
•    Los formatos de archivo se hacen obsoletos, el papel ha durado largo tiempo

Ninguna de estas razones me parecía que fuera una buena explicación del “fracaso” de los libros electrónicos. Si las resoluciones de pantalla son demasiado bajas para remplazar al papel, entonces ¿cómo es que toda la gente que conozco pasa cada vez más tiempo leyendo en una pantalla, incluyendo a mi bendita abuela? (Los geeks [8] tienen una tendencia realmente molesta a argumentar que ciertas tecnologías no están listas para el uso común porque sus abuelas no las usan — bien, mi abuela no para de mandarme correos electrónicos. Escribe a máquina una velocidad de 70 palabras por minuto, y le encanta enseñarles los correos nieteciles a todos sus amigos reunidos alrededor de la piscina en su residencia para jubilados en Florida).

Sin embargo, los otros argumentos eran mucho más interesantes. Me parecía que los libros electrónicos son distintos de los libros de papel, y tienen distintas virtudes y defectos. Pensemos un poco acerca de los avatares del libro a lo largo de la historia. Es interesante porque la historia del libro es la historia de la Ilustración, la Reforma, los Peregrinos y, finalmente, la colonización de las Américas y la Revolución Americana.
A grandes rasgos, hubo un tiempo en que los libros los imprimían a mano unos monjes sobre pieles exóticas. Las únicas personas que podían leerlos eran sacerdotes, que se recreaban la vista con los estupendos monigotes que los monjes dibujaban en los márgenes. Los sacerdotes leían los libros en voz alta, en latín (ante un público cuya mayoría no hablaba latín) en las catedrales, envueltos en carísimo incienso que se elevaba de los incensarios portados por los monaguillos.

Entonces Johannes Gutenberg inventó la imprenta. Martín Lutero convirtió esa imprenta en una revolución. Editó biblias en idiomas legibles por personas que no fueran sacerdotes, y las distribuyó entre la gente normal, que pudo entonces leer la palabra de Dios por su cuenta. El resto, como dicen, es historia.
Aquí van unas cuantas cosas que interesa resaltar sobre la llegada de la imprenta:

•    Las Biblias de Lutero carecían de la calidad de fabricación de las Biblias iluminadas. Eran comparativamente baratas y carecían de la expresividad tipográfica que un monje con verdadero talento podía expresar al escribir la palabra de Dios.
•    Las Biblias de Lutero no eran nada apropiadas para el uso tradicional de una Biblia. Se suponía que una buena Biblia debía reforzar la autoridad del hombre del púlpito. Requería peso, requería ser impresionante y, sobre todo, exigía ser escasa.
•    La experiencia de usuario de las Biblias de Lutero era un asco. No había incienso, ni monaguillos, y ¿quién (aparte de los sacerdotes) podía suponer que la lectura exigía tanto de la vista?
•    Las Biblias de Lutero eran mucho menos fiables que sus contrapartidas iluminadas. Cualquiera con acceso a una imprenta podía imprimir una, introduciendo todo el texto apócrifo que le apeteciera… ¿y quién sabía cómo era de ajustada la traducción? Los monjes tenían detras de ellos al Papado, una organización de control de calidad que había servido a Europa durante siglos.

A finales de los noventa acudí a conferencias en las que ejecutivos musicales explicaban pacientemente que Napster estaba condenado al fracaso, porque no proporcionaba las portadas, ni las notas interiores del disco, no se podía saber si el paso a mp3 era bueno, y a veces la conexión se cortaba a mitad de descarga. Estoy seguro de que muchos cardenales planteaban los mismos argumentos con igual certeza.

Lo que los ejecutivos discográficos y los Cardenales ignoraban es todas las maneras en que las Biblias de Lutero arrasaron:

•    Eran rápidas y baratas. Montañas de personas podían comprarlas sin tener que someterse a la autoridad y la aprobación de la Iglesia.

•    Estaban escritas en idiomas que los no-sacerdotes también podían leer. Uno no tenía que fiarse de la palabra de la Iglesia cuando los sacerdotes explicaban lo que Dios había querido decir.

•    Provocaron el nacimiento de un ecosistema de imprentas en el que florecieron muchos libros. Las imprentas, cuya popularidad inicial fue espoleada por las ideas de Lutero sobre la religión, permitieron la creación y difusión de nuevos tipos de ficción, poesía, política, ensayo, etcétera.

Nótese que todas esas virtudes son ortogonales a las virtudes de una Biblia monástica. Esto es, ninguna de las cualidades que hizo un éxito de la imprenta de Gutenberg es una cualidad que hiciera un éxito de las biblias de los monjes. Por la misma regla de tres, las razones para apreciar los libros electrónicos tienen muy poco que ver con las razones para apreciar los libros de papel.

•    Son fáciles de compartir. Los Secretos de la hermandad Ya-Ya pasó de la mitad de las listas a ser un best-seller a base de pasar de mano en mano entre las mujeres pertenecientes a clubs de lectura. Los Slashdot-adictos y otros ciudadanos de la red tienen vidas sociales tan ricas como los miembros de estos clubs, pero sin verse las caras entre sí; la única clase de libro que se pueden pasar de mano en mano es un libro electrónico. Es más, el factor que mejor se correlaciona con la compra de un libro es la recomendación de un amigo; ¡que un amigo recomiende un libro hace más probable su compra que la lectura placentera del volumen anterior de una serie!

•    Son fáciles de cortar y trocear. Aquí es donde sale al exterior el fanático de Macintosh que hay en mí — las plataformas minoritarias son importantes. Es una perogrullada del universo Napster que la mayor parte de los archivos que se descargan son temas de radiofórmula, un 90 por ciento o así, y yo me lo creo. Todos queremos escuchar música popular. Por eso se llama popular. Pero lo interesante es el otro diez por ciento. Bill Gates declaró al New York Times que Microsoft perdió la guerra de los buscadores haciendo “un buen trabajo en el 80 por ciento de las búsquedas más comunes e ignorando el resto. Pero lo que cuenta es el otro 20 por ciento, porque es donde está la percepción de calidad”. ¿Por qué cautivó Napster a tantos de nosotros? No fue porque nos pudiera proporcionar las grabaciones de las listas de éxito que podíamos oír con sólo encender la radio: fue porque el 80 por ciento de toda la música jamás grabada no estaba en venta en ningún lugar del mundo, y en ese 80 por ciento estaban todas las canciones que nos habían emocionado, todos los gusanos pegadizos que se habían alojado en nuestros cerebros, todo aquello que nos hacía sonreír cuando lo oíamos.

Esas canciones son distintas para cada uno de nosotros, pero comparten el rasgo de marcar la diferencia entre un servicio atractivo y… bien, la radiofórmula de superventas. Era la minoría de las canciones lo que atraía a la mayoría de oyentes. Por la misma razón, la maleabilidad del texto electrónico quiere decir que puede recomponerse fácilmente: puedes ponerlo en un servidor web, o convertirlo al formato de tu agenda electrónica favorita; puedes pedirle a tu computadora que te lo lea en voz alta y puedes buscar en el texto una cita para un trabajo de clase o para usarla en tu firma. En otras palabras, la mayor parte de la gente que se descarga el libro lo hace por razones predecibles, y en un formato predecible (por ejemplo, para leer un capítulo en formato HTML antes de decidir si se lo compran), pero lo que diferencia una experiencia de texto electrónico aburrida de una emocionante es el uso minoritario (imprimir un par de capítulos para llevar a la playa en vez de arriesgarse a empapar el libro de papel).

Los fabricantes de herramientas y diseñadores de software son cada vez más conscientes del concepto de “facilitadores” en el diseño. Puedes clavar un clavo en la pared con cualquier objeto pesado y asible, desde una roca hasta un martillo pasando por una cazuela de hierro fundido. Sin embargo, hay algo en un martillo que parece pedir que lo usemos para clavetear. Tiene facilitantes que inclinan a la persona que lo sujeta a blandirlo. Y, como todos sabemos, cuando todo lo que uno tiene es un martillo, todo en el mundo parece un clavo.
El facilitador de una computadora, aquello para lo que se diseñó, es rebanar-y-cortar colecciones de bits. El facilitante de la Internet es mover bits a altísimas velocidades por todo el mundo, con un coste ínfimo o nulo. De aquí se sigue que en el núcleo de la experiencia del libro electrónico va a haber bastante cortar y rebanar texto, y mucho mandarlo por ahí.

Los abogados del copyright tienen una palabra para referirse a estas actividades: infracción. Esto es porque el copyright da a sus creadores un monopolio casi total sobre la copia y remezcla de su trabajo, prácticamente para siempre (teóricamente el copyright expira, pero en la práctica real, los plazos se prorrogan cada vez que los primeros dibujos de Mickey Mouse están a punto de entrar en el dominio público [9], porque Disney tiene mucha influencia en Washington).

Este es un grave problema. El peor problema posible. He aquí el porqué:

•    Los autores se suben por las paredes. Los autores han sido adiestrados por sus colegas para pensar que un copyright fuerte es lo único que les salva de ser sodomizados salvajemente en el mercado. Esto es bastante cierto: a menudo un copyright fuerte es lo único que defiende a los autores de los peores excesos de sus editores. Sin embargo, de ahí no se sigue que un copyright fuerte les proteja de sus lectores.

•    Los lectores se indignan de que se les llame ladrones. En serio. Eres un pequeño empresario. Los lectores son tus clientes. Llamarlos ladrones es malo para el negocio.

•    Los editores se suben por las paredes. Los editores están en el negocio de agarrar tanto copyright como puedan y aferrarse a él con su vida porque, maldita sea, nunca se sabe. Esta es la razón por la que las revistas de ciencia ficción intentan engañar a los autores para que firmen sus derechos improbables para asuntos como atracciones de parque temático o muñecos de juguete basados en su obra; también es la razón por la que los agentes literarios piden ahora comisiones de la duración del copyright por los libros que representan: el copyright cubre tanto terreno y tarda tanto en desaparecer, ¿quién no querría llevarse tajada?

•    La responsabilidad civil se dispara. Las infracciones de copyright, especialmente en la Red, son un superdelito. Acarrean penas de 150.000 $ por infracción, y los poseedores de los derechos afectados y sus representantes tienen todo tipo de poderes especiales, como la capacidad de forzar a un proveedor de servicios de Internet a que entregue tus datos personales sin tener que mostrar pruebas de la supuesta infracción a un juez. Esto quiere decir que cualquiera que sospeche que pueda estar del lado equivocado de la ley de copyright va a ser terriblemente precavido: los editores fuerzan a sus autores de modo no negociable a indemnizarlos frente a peticiones de infracción y, ésta es mejor, les obligan a probar que han “conseguido autorización” de todo el material que citan, incluídas citas breves cubiertas por el fair-use (uso apropiado) [10], como títulos de canciones en los comienzos de los capítulos. El resultado es que los autores acaban asumiendo una responsabilidad potencialmente destructiva para sus carreras, se autocensuran antes de citar el material que les rodea, y se asustan de tocar textos del dominio público porque un error bienintencionado sobre el estátus de dominio público de una obra acarrea un precio tan terrible.

•    La posteridad se esfuma. En el caso Eldred contra Ashcroft ante el Tribunal Supremo de los EEUU el año pasado, el tribunal halló que el 98 por ciento de las obras con copyright ya no generan ingresos para nadie, pero que averiguar a quién pertenecen esas viejas obras con el grado de certeza que a uno le gustaría cuando un error significa el apocalipsis económico total costaría más de lo que uno podría ganar con ellas. Esto quiere decir que el 98 por ciento de las obras expirará mucho antes de que lo haga su copyright. Hoy en día los nombres de los fundadores ancestrales de la ciencia-ficción (Mary Shelley, Arthur Conan Doyle, Edgar Allan Poe, Julio Verne, H.G. Wells) aún son conocidos, y su trabajo aún forma parte del discurso. Sus herederos espirituales, de Hugo Gernsback en adelante, podrían no tener tanta suerte; si su obra sigue “protegida” bajo el copyright, podría desvanecerse de la faz de la Tierra antes de volver al dominio público.
Esto no quiere decir que el copyright sea malo, sino que existe un copyright bueno y uno malo, y que en ocasiones demasiado copyright puede ser malo. Es como el picante en la sopa: un poquito puede gustar mucho, y demasiado estropea el caldo.
De la Biblia de Lutero a las primeras grabaciones fonográficas, de la radio a las revistas pulp [11], del cable al MP3, el mundo ha demostrado que su primera preferencia para los medios nuevos es su “democraticidad”, la facilidad con que se puede reproducir.
(Y por favor, antes de continuar, olvidémonos de todo ese asunto de que el modelo de copia de Internet es más disruptor que las tecnologías anteriores. Por el amor de Dios, los artistas de vodevil que pusieron un pleito a Marconi por inventar la radio tuvieron que pasar de un régimen en el que tenían el cien por ciento de control sobre quién podía entrar en un teatro y escucharles actuar a un régimen en el que tenían el cero por ciento de control de quién podía comprar o fabricar una radio y sintonizar una grabación en la que ellos actuaban. Por las mismas, comparen una Biblia manuscrita y una Biblia de Lutero; junto a ese cambio de fase, Napster es una nadería).
Volvamos a la democraticidad. Cada nuevo medio con éxito ha llegado a un compromiso entre su objetualidad (el grado hasta el que estaban poblados por colecciones de átomos compuestas a la medida, inteligentemente pergeñadas por maestros artesanos) y su facilidad de reproducción. Los rollos de pianola no eran tan expresivos como los buenos pianistas, pero tienen una mejor economía a gran escala, del mismo modo que las emisiones de radio, las revistas pulp y los MP3es. Las notas de contraportada, las letras de las canciones impresas en el interior del disco, las ilustraciones a mano y las encuadernaciones en cuero son agradables, pero se quedan atrás por comparación con la capacidad de un individuo de hacerse su propia copia.
Lo que no quiere decir que los viejos medios mueran. Los artistas siguen haciendo manuscritos iluminados, los grandes pianistas siguien subiendo al escenario del Carnegie Hall, y los estantes siguen repletos de reveladoras biografías de músicos, más detalladas que ningún folleto del interior de un disco.Lo que pasa es que, cuando todo lo que uno tiene son monjes, todos los libros asumen la personalidad de una Biblia monástica. Una vez se inventa la imprenta, todos los libros más apropiados para el tipo móvil emigran a la nueva forma. Atrás quedan aquellos objetos más apropiados para el viejo sistema de producción: las obras de teatro que piden ser obras de teatro, los libros que son especialmente encantadores en papel cremoso cosido entre portadas, la música que es más disfrutable representada en vivo y recibida entre una masa humana.
El incremento de democraticidad se traduce en una merma de control: es mucho más duro controlar quién puede copiar un libro una vez hay una fotocopiadora en cada esquina que cuando necesitas un monasterio y varios años para copiar una Biblia. Y ese control disminuido exige un nuevo régimen de copyright que vuelva a equilibrar los derechos de los creadores con los de su público.
Por ejemplo, cuando se inventó el videograbador, los tribunales de los Estados Unidos afirmaron una nueva exención de copyright para la posibilidad de que los espectadores pudieran grabar las emisiones para verlas en diferido; cuando se inventó la radio, el Congreso de los Estados Unidos concedió una exención de las leyes anti-monopolio a las discográficas para asegurarse una licencia obligatoria; cuando se inventó la TV por cable el gobierno de los Estados Unidos ordenó a las emisoras a vender acceso de programación a los cableoperadores por una tarifa fija.
El copyright está perennemente anticuado, porque su última revisión fue provocada por una respuesta a la última generación de tecnología. La tentación de tratar el copyright como si lo hubieran bajado del monte grabado en dos dos tablas de piedra (o peor, como “lo mismo” que la propiedad real) es un profundo error ya que, por definición, el copyright actual sólo considera la última generación de tecnología.
Así que, ¿viola el bookwarez las leyes de copyrigh? Pues claro. ¿Es el fin del mundo? Claro que no. Si la iglesia católica puede sobrevivir a la imprenta, la ciencia ficción sobrevivirá claramente a la llegada del bookwarez.

Ya casi hemos acabado, pero hay un cosa más que me gustaría hacer antes de bajarme del escenario. Pensad en ello como una “propina”, un pequeño extra para agradeceros vuestra paciencia.
Hace aproximadamente un año, publiqué mi primera novela, Down and Out in the Magic Kingdom, en la red, bajo los términos de la licencia Creative Commons más restrictiva que había. Todo lo que permitía a mis lectores era mandarse copias de mi libro. Cuidadosamente, estaba mojando el pie en el agua, aunque en aquel momento me sentía como si me estuviera lanzando de cabeza.

Ahora sí que me voy a lanzar. Hoy voy a re-licenciar el texto de Down and Out in the Magic Kingdom bajo una licencia de Creative Commons, la “Attribution-ShareAlike-Derivs-Nonommercial” [VERSIÓN DE LA LICENCIA LEGIBLE POR HUMANOS], lo que quiere decir que, a partir de hoy, tenéis mi bendición para crear obras derivadas de mi primer libro. Podéis hacer películas, libros hablados, traducciones, fición amateur, ficción erótica (Dios nos valga), ficción erótica con gente disfrazada de muñecos de peluche [DETALLE DE LA JERARQUÍA GEEK], poesía, traducciones, camisetas, lo que queráis, con dos componendas: uno, que tenéis que dejar que los demás puedan copiar, mezclar y grabar vuestras creaciones del mismo modo en que estáis manipulando la mía; y dos, tenéis que hacerlo de forma no comercial.

El cielo no se desplomó cuando me mojé los dedos del pie. Veamos qué pasa cuando me meto hasta la rodilla.
El texto con la nueva licencia estará en la red antes del final del día. Para más detalles, http://craphound.com/down/

Ah, y también voy a liberar el texto de este discurso bajo una dedicatoria al dominio público de Creative Commons, dándosela al mundo para que haga lo que le parezca. El enlace aparecerá en mi weblog, Boing Boing, antes de que acabe el día.

Aquí se termina esta charla, por ahora. Gracias a todos por vuestra amable atención. Espero que sigáis escudriñando una topología más detallada de la forma de los libros electrónicos, y que me ayudéis a mostrarlos aquí a la vista de todos.

Cory Doctorow 
En vuelo sobre Tejas
4 de febrero de 2004
[Traducido por Javier Candeira 
Rodeado de linuxeros, en Lleida (Lérida), España
23 de abril de 2004 
Diada de Sant Jordi 
Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor]
[Editado por José Antonio Millán
Sobrevolando a su familia en Sarrià (Barcelona, España)

23 de abril del 2004
Día del Libro

Notas
 (del traductor salvo otra indicación)
[*] Esta edición ha reconstruido algunos de los contenidos de las diapositivas originales, restituyéndolas en sus lugares [N. del Editor]
[1] Los interesados en este tema pueden seguirlos (y colaborar) en la lista de correo del proyecto de traducción al español y transposición a la legislación española de las licencias Creative Commons: http://lists.ibiblio.org/mailman/listinfo/cc-es http://creativecommons.org/projects/international/es/
[2] Debo a José Antonio Millán la expresión “cáspa de árboles — encuadernada en vaca muerta” para referirse a los libros tradicionales (traducción de Tree flakes encased in dead cow, de William Mitchell en su libro City of Bits: Space, Place, and the Infobahn), y que aquí traduce los dead trees (árboles muertos) que emplea Doctorow.
[3] En el argot de los crackers o intrusos informáticos, “0wn” significa hacerse con el control total de algo. En el caso de Doctorow el uso de cero en lugar de la letra o no indica “mirad lo estupendo que soy”, sino que es irónico.
[4] Provocadores [N. del Editor].
[5] ACE es una editorial dedicada a la ciencia-ficción, y sus ediciones dobles son libros que contienen dos novelas breves (o relatos largos) de autores distintos, encuadernadas de modo que el volumen tiene dos portadas, y una vez se lee uno hay que darle la vuelta al libro para empezar por el otro extremo y leer el otro.
[6] Pido disculpas a mis lectores hispanoamericanos. En inglés original: Cool Things. Cosas estupendas, vamos. [Bueno: no sé tampoco si ‘cosas estupendas’ es algo universal en el orbe hispanohablante… N. del Editor]
[7] Wind Done Gone es una obra paródica que cuenta desde el punto de vista de los esclavos negros los acontecimientos de Gone With the Wind (Lo que el viento se llevó), el best-seller de Margaret Mitchel que dio lugar a la famosa película. El pleito que siguió a su publicación es un buen ejemplo de la tensión legal que existe entre el copyright y la libertad de expresión.
[8] Geeks: empollones asociales para los que usen la palabra de forma despectiva, o locos divinos y obsesivos para los que usen la palabra de forma apreciativa. La discusión que se encuentra en Barrapunto: http://barrapunto.com/lengua/100/09/23/0919211.shtml contiene una contribución en la que el presente traductor dijo todo lo que tenía que decir: http://barrapunto.com/comments.pl?sid=32673&cid=6765
[9] En este caso, aunque el dominio público español no sea lo mismo que el public domain norteamericano, Mickey Mouse habría pasado, al caducar el plazo de protección de copyright, también al dominio público español.
[10] Según la doctrina jurisprudencial norteamericana, el fair use constituye el conjunto de prácticas que requieren la copia de un material, pero que no infringen el copyright, como su uso en la crítica, el estudio, la parodia o el uso privado. Correspondería, de forma general y sin una equivalencia directa, a los derechos de copia privada o de cita en la legislación española.
[11] La literatura pulp se conoce en español como la literatura “de kiosko”, revistas impresas en papel de baja calidad (pulp) que tuvo su apogeo en las décadas de 1920 y 1930.

De eso no se habla, eso no se dice, eso no se toca.

Es increíble ver cómo la ciencia ficción se adelantó a muchos sucesos que hoy nos son sumamente familiares, pero no es esto lo que se presenta como anecdótico. Me preocupa que llegado a un cierto nivel de libertades individuales, los gobiernos, obsoletos y cortos de mente, nos llevan de los pelos hacia otro tipo de futuros planteados dentro del género de la ciencia ficción. La economía no se toca, aún cuando las recetas no funcionen en un mundo como el de hoy.  La propiedad intelectual es parte de esa zona vedada y con olor a moho. Cada uno formará su opinión, la mía ya la saben, de otra manera, este posteo no estaría acá.

142fc496eac1104b24ae30fdcb1cffa1

El post en castellano del cual tomé la info lo pueden ver en Taringa. El original en inglés con todos los links funcionando lo pueden ver en Academicalism.

La copyfight, la ciencia ficción y los medios de comunicación social.

Mark A. McCutcheon
academicalism.wordpress.com

Traducido para Rebelión por Ricardo García Pérez

1. Introducción

2. El ciberespacio de Gibson: el fin de la privacidad y de la memoria histórica en la «realidad aumentada»

3. «La ciencia ficción es la única literatura que le importa lo bastante a la gente como para robarla en Internet»

4. El descenso de Peter Watts a Maelstrom

5. «Todos los ciudadanos tienen la obligación de quebrantar la ley de copyright»

Notas

Referencias citadas

[Este texto es un borrador de artículo para el Congreso de 2010; serán bien recibidos los comentarios.]

¿Qué tipo de artista prospera en Internet? Los que pueden establecer una relación personal con sus lectores; algo que la ciencia ficción lleva haciendo desde que los pros merodean junto al paquete de los contras en lugar de quedarse en la sala de calentamiento. (Doctorow, Content, p. 80.)

La «copyfight» por la regulación de la propiedad intelectual (PI) y la cultura digital enfrenta a los Estados y las grandes empresas contra los ciudadanos, a quienes se criminaliza de forma generalizada a medida que una legislación sobre PI cada vez más estricta ejerce un control cada vez mayor sobre la producción, la distribución y el consumo culturales. Al mismo tiempo, estas nuevas leyes y normativas violan cada vez más el derecho a la libertad y la privacidad de los ciudadanos. En el momento de escribir este artículo, el régimen conservador del Primer Ministro canadiense Harper está preparándose para introducir legislación sobre PI presentándola como una «modernización del copyright», pero basada en los modelos de Estado policial y punitivo de la Ley de Copyright del Milenio Digital (DMCA, Digital Millennium Copyright Act) de Estados Unidos y la Ley de Economía Digital del Reino Unido (DEB, Digital Economy Bill). Este tipo de legislación novedosa sobre PI debilita y limita las estipulaciones para el uso público honrado, al tiempo que amplía la protección no sólo sobre la PI, sino también sobre las medidas de protección tecnológica o «cerrojos digitales» que algunas empresas instalan en los aparatos que fabrican o en los contenidos que difunden. Sobrevolando estas arrolladoras modificaciones normativas se encuentra la negociación secreta de un Acuerdo Comercial contra la Piratería a escala global (tal como expuso Peter Jay Smith en esta sesión).

Ante este cercenamiento de los bienes culturales comunes, y las resistencias que suscita, la producción cultural y de los medios de comunicación se ha politizado mucho. Los autores canadienses de obras de ciencia ficción han politizado la producción cultural dándole la forma de un movimiento específicamente progresista. No están solos en esa tarea: músicos independientes, DJs, expertos en legislación y realizadores de cine documental también han vinculado la producción cultural a la política progresista con la modificación normativa de la PI. Pero los vínculos que los autores de obras de ciencia ficción establecen entre las extrapolaciones ficticias y las acciones reales en medios de comunicación (como los blogs o las redes sociales) suponen la construcción de una capacidad creadora que articula (a veces, con una ironía y una sagacidad inusual) los «nuevos y anormales» (1) regímenes de la cultura digital.

Combinando en este aspecto creatividad y conocimientos tecnológicos, los autores canadienses de obras de ciencia ficción vinculan el uso literario y social que hacen de estos nuevos medios de comunicación para concienciar de la copyfight y movilizar a su público contra las tentativas del capitalismo global reciente de confiscar los bienes culturales comunes. William Gibson, Cory Doctorow y Peter Watts son los autores de los que me ocuparé aquí. (2) Los tres escriben blogs; Gibson y Doctorow llevan también un «microblog» en Twitter. A diferencia de Gibson, Doctorow y Watts complementan las ediciones impresas de sus libros con ediciones gratuitas que distribuyen a través de la red mediante licencia de Creative Commons (CC).

Todos los autores especulan sobre la forma que adoptará la cultura digital en el escenario temporal del «futuro presente» típico de la ciencia ficción (Doctorow, Overclocked). Como sostiene la tradición de los estudios sobre ciencia ficción, los escenarios y especulaciones que el género plantea sobre el futuro son más ricos si se interpretan como un análisis social del presente. Las críticas de la última obra de Gibson han ampliado esta tradición. En 1982 Fredric Jameson escribió que «las múltiples parodias del futuro [de la ciencia ficción] […] transforman nuestro presente en el pasado determinante de algo todavía por venir»; por consiguiente, «la vocación más profunda [del género] reaparece una y otra vez para manifestar y poner en escena nuestra incapacidad para imaginar el futuro». En sus críticas de Pattern Recognition, la novela de Gibson publicada en 2003, Jameson y Veronica Hollinger reafirman esta tradición (3): Hollinger interpreta Pattern Recognition como «una historia […] sobre (la imposibilidad d)el futuro», publicada en un momento en que «ya no hay mucha distancia entre el carácter fáctico del realismo y la subjetividad de la ciencia ficción» (p. 452); mientras que la reseña de Jameson reitera su afirmación de que «el aparato representacional de la ciencia ficción […] está devolviéndonos más información fiable sobre el mundo contemporáneo que el realismo ya agotado» (p. 105). De la última novela de Gibson, Spook Country (2007), Doctorow dice que es «tan futurista que Gibson la ambientó un año antes de que se publicara» (¶8), y tanto él como Gibson se hacen eco de la perspectiva crítica de que «la ciencia ficción es una literatura que emplea el recurso del futurismo para revelar el presente» (Doctorow, ¶10; Gibson, citado en Doctorow, «William Gibson…», ¶4). Es preciso apreciar aquí al marco temporal de la ciencia ficción porque «es bastante difícil encontrarle el truco» al presente (Doctorow, «Radical…», ¶10); por ejemplo, en medio de la vorágine globalizada de la tecnología, la política y el debate que conforma la copyfight. (4) Además, la obra literaria y las conexiones digitales de estos autores también muestran algunas relaciones singularmente inusuales entre sus novelas futuristas y las realidades del presente.

El ciberespacio de Gibson: el fin de la privacidad y la memoria histórica en la «realidad aumentada»

Para Gibson, la cultura digital marca el fin de la privacidad. (5) Su primera novela, Neuromante (1984), acuñó la palabra compuesta «ciberespacio», que desde entonces se ha vuelto sinónima prácticamente de Internet. (6) Neuromate describe el ciberespacio como «una alucinación consensuada […] una representación gráfica de información abstraída de los bancos de datos de cada ordenador» (p. 51). Célebre por haber servido como una especie de bautizo de Internet basado en la ficción (Barlow, citado en Streeter, pp. 288-289), el ciberespacio fue concebido por Gibson más bien como un «universo televisivo post-orwelliano y macluhanesco» (citado en Rapatzikou, p. 228). El aspecto «post-orwelliano» es esencial: el ciberespacio de Gibson está presidido por grandes multinacionales y habitado por hackers, y las principales actividades que se desarrollan en él son la titulización o conversión de los bienes en valores y la vigilancia, la infiltración y el sabotaje. Curiosamente, estas actividades también presiden el universo no virtual de la novela. En cierta escena, el protagonista visita una tienda de un callejón recóndito que le ofrece una «pantalla», una sala sellada electrónicamente en donde se puede hablar con libertad. Bueno, con relativa libertad: el personaje que paga por ese servicio bromea: «esta es toda la privacidad que me puedo permitir» (p. 49). La cosificación del ciberespacio ficticio en la Internet real quizá sea el ejemplo más conocido de hasta qué punto la obra de Gibson está extrañamente implicada con la «realidad aumentada», una difuminación de la barrera entre lo digital y lo físico, descrita en Spooke Country como la «eversión» o vuelta del revés del ciberespacio. La realidad aumentada se ha vuelto cada vez más familiar, tanto en la obra de Gibson como en la vida cotidiana. «Una de las cosas que más pintoresca le parecerá de nosotros a nuestros nietos», reflexiona, «es que diferenciamos lo digital de lo real» (Rolling Stone). La obra de Gibson se ha apartado de las escenas de ciborgs llenos de cables y enchufes ambientadas en un futuro remoto para presentar, primero, las de un futuro próximo repleto de celebridades virtuales holográficas y, después, escenas actuales de arte digital y de las redes de admiradores y financiación que las acompañan.

Este último ejemplo sirve de punto de partida a Pattern Recognition , la primera obra de la trilogía de novelas de Gibson sobre el presente. El protagonista pertenece a «FFF», una comunidad de fans organizada en torno a un tablón de anuncios que sigue una serie cinematográfica digital anónima, promociona nuevas entregas de «el metraje», lo critica y especula sobre su producción (con lo que complementa con eficacia la «función autor» de su creador anónimo [Foucault, p. 101]). Pattern Recognition , llamativa en el momento de su publicación porque era una novela de Gibson ambientada en un presente realista, prosigue desarrollando dos de los temas principales de su trabajo: la precariedad de la memoria histórica y la infinita capacidad del capitalismo global de mercantilizar cualquier cosa, sobre todo el arte y el conocimiento. Desde con el vago trasfondo postnuclear de Neuromante hasta en la supresión cuidadosa del contexto del «metraje» de Pattern Recognition , la ciencia ficción de Gibson representa la fragilidad de la memoria histórica y el archivo. (7) Y, al igual que las tramas de Count Zero e Idoru, la de Pattern Recognition nos conduce por la búsqueda global y virtual de un protagonista al que encargan descubrir la identidad de un artista recluido.

En este sentido, Pattern Recognition pone en escena, como algunas otras novelas de Gibson, cómo los intereses capitalistas compiten por las mercancías culturales en la «economía de la información» globalizada; y cómo los monopolios del arte y el conocimiento confiscan la cultura y destruyen la memoria colectiva. (8) Así pues, desde su primera novela, la preocupación de Gibson por la economía de la «economía de la información» ha anticipado cuestiones actuales sobre la privacidad, el patrimonio y la regulación de la PI expresada por especialistas jurídicos como Lawrence Lessig o James Boyle.

Mientras tanto, en su blog (que escribe desde 2003) y en Twitter, Gibson se relaciona con sus admiradores y críticos , informa sobre nuevas tecnologías y archivos culturales, reflexiona sobre lo que hace, apunta mensajes «aumentados» por la relación entre su trabajo y la vida cotidiana y conciencia sobre asuntos de PI como las facilidades de acceso para lectores ciegos y la nueva ley canadiense de PI . Sus reflexiones sobre lo que hace también traslucen tanto su factura amalgamada como la atención que presta a la cultura de los fans y las remezclas alternativas: en un intercambio reciente en Twitter que versaba sobre Molly, la protagonista de Neuromante, Gibson atribuye la «clave icónica» que utilizó para crear a Molly a la cubierta del primer álbum the The Pretenders , y coincide con un admirador «que detesta que [por ejemplo, otros admiradores] presenten a Molly Millions como alguien súper atractiva» ; pero él no los demanda por hacerlo.

«La ciencia ficción es la única literatura que le importa lo bastante a la gente para robarla en Internet» (Doctorow, Content , p. 79)

Así, Gibson utiliza Twitter un poco como Cory Doctorow, que desarrolla su carrera de escritor compaginando el periodismo ciudadano y la ciencia ficción. Doctorow, codirector y propietario del blog de cultura popular Boingboing.net, (9) se ha convertido en un experto ineludible sobre la copyfight que escribe columnas en la prensa británica, tiene una agenda de conferencias apretada y hace una aparición en el documental sobre copyfight de NFB RiP: A Remix Manifesto. Por si el torrente de apuntes en el blog , las columnas, las charlas y los tweets no representara todavía una carrera de escritor a tiempo completo, Doctorow también ha publicado varias novelas de ciencia ficción y una recopilación de conferencias y ensayos sobre la copyfight, Content . (10) Y desde su primera novela, Down and Out in the Magic Kingdom (2003), su contrato con la editorial Tor le ha permitido ofrecer ediciones electrónicas de todos sus libros mediante licencias CC en casi todos los formatos disponibles. «No he perdido ninguna venta, sólo he ganado público» (p. 71), afirma indicando las cifras: Down and Out… se ha descargado más de 700.000 veces… y lleva seis ediciones (Content, p. 80).

Al conceder licencias CC a toda su obra, Doctorow sustancia sus afirmaciones sobre la relación particularmente estrecha que la ciencia ficción mantiene con Internet, un vínculo técnico unido a la relación social que tiene la ciencia ficción con sus admiradores, más antigua. «Tal vez», señala, «la ciencia ficción sea el más social de todos los géneros literarios […está] impulsado por el club de fans organizado […] Es más, los primeros que se adhirieron a la ciencia ficción definieron el carácter social de la propia Internet», reflexiona; a lo que añade que la ciencia ficción era y sigue siendo «la literatura más pirateada en la red» (pp. 72-73). Pero aunque Doctorow utilice aquí la ironía, no hace más que evocar la retórica excesiva de la «piratería» (véase Lessig, Free Culture , pp. 17-20 ). Doctorow anima a sus lectores a remezclar su obra y compartir los resultados por el medio que quieran.

En consecuencia, la obra de Doctorow ha empezado también a «aumentar la realidad»: en su libro Convergence Culture , publicado en 2003, Henry Jenkins hace suya la «adhocracia» acuñada por Doctorow en Down and Out… y teoriza extensamente al respecto (p. 251); Tara Hunt ha tomado otro término acuñado en Down and Out… (el «whuffie», o capital social) y promueve sus aplicaciones comerciales. (11) El mes pasado, un admirador hizo un comentario en Tweet refiriendo una noticia aparecida en Wired sobre un centro de secundaria estadounidense que espiaba a los estudiantes a través de los portátiles que les prestaba; el admirador escribió que Doctorow había «anticipado esto absolutamente en Little Brother», su novela juvenil para adultos de 2008, «mucho antes de que se conociera esta historia». Little Brother arranca en un instituto de secundaria panóptico y, tras una especie de ataque terrorista como los del 11-S, se convierte en una partida al gato y el ratón entre jóvenes con destrezas tecnológicas que utilizan los medios de comunicación social para organizarse contra el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos. (12)

Doctorow defiende la libre disponibilidad y la flexibilidad en la autorización de la producción cultural no sólo en sus contratos de distribución, sino también en las entradas de su blog e, incluso, en el contenido de su trabajo: en Down and Out… , los admiradores han asumido la gestión de los parques temáticos de Disney. De manera que, de diversas formas, su obra muestra que la cultura digital regulada sin rigores excesivos y neutral en la red es viable desde el punto de vista económico, al tiempo que apunta el perfil que adoptará la cultura popular sometida a una normativa más estricta sobre PI global. Mientras la industria cultural (o, lo que Lessig denomina «Big Media» [«Grandes Medios de Comunicación»]) impone restricciones cada vez más duras sobre cómo se distribuyen sus productos y cómo los utilizan los consumidores, esos mismos productos podrían perfectamente ser editados al amparo de la cultura popular, verse desplazados por la obra sin licencia o con licencia flexible con mayor facilidad de migración, ser adaptados con mayor libertad y, por tanto, adoptar un lugar más sobresaliente en el paisaje mediático de la cultura popular.

El descenso de Peter Watts a Maelstrom

Al igual que Doctorow, Peter Watts, autor de ciencia ficción originario de Toronto, escribe un blog en el que reflexiona sobre la escritura y la cultura, se relaciona con sus admiradores y ofrece ediciones autorizadas de todas sus novelas mediante licencia CC. (13) Cree que la publicidad que tuvo en la red su primera novela, Starfish (1999), selló su decisión de tratar de escribir ficción (declarado en mensaje de correo electrónico). Pero en diciembre de 2009 Watts empezó a escribir en su blog (acompañado de un abogado que le vigilaba por encima del hombro) sobre un altercado que sufrió en la aduana estadounidense. A Watts lo pararon para hacerle un «registro en la salida» en Port Huron, Michigan, y cuando preguntó simplemente por qué le registraban fue golpeado y encarcelado, se le confiscaron sus pertenencias (incluidos los aparatos electrónicos) y fue acusado de «desobediencia a la autoridad legítima». Cuando pagó la fianza, lo llevaron hasta a la frontera canadiense y lo abandonaron sin abrigo en medio de una ventisca. La difusión popular del bien financiado Boing Boing de Doctorow acudió para dar publicidad al suceso e impulsar una campaña de recaudación de fondos a través de Internet para destinarlos a la causa judicial de Watts. En el mes de marzo Watts fue condenado por «desobediencia a un agente de aduanas», un delito grave (contemplado en la norma 750.81d). En el mes de abril se le impuso una multa de 2.000 dólares: un alivio, pues él creía que iba a tener que pasar una temporada en la cárcel. Todo, en palabras de Doctorow (y de las decenas de personas que lo reenviaron en Tweet) por negarse a «obedecer con la suficiente celeridad a un agente de aduanas».

Durante y después de la vista, Watts expresó a menudo su sorprendida gratitud por la dedicación y la generosidad de la campaña de apoyo en los medios de comunicación social. Ha escrito que toda la recaudación que supere el coste de los gastos de su defensa irá destinada a la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU, American Civil Liberties Union) o a la Electronic Frontier Foundation (EFF), unas organizaciones sin ánimo de lucro que han defendido los derechos de los ciudadanos contra la legislación injusta y abusiva, como gran parte de la reciente normativa sobre PI («Detox», ¶17). Aunque el tema principal del topetazo de Watts con la «nueva» legislación «normal» sobre fronteras pueda haber sido la brutalidad policial, su caso ejemplifica con crudeza los vínculos entre medios de comunicación social, ciencia ficción y legislación sobre PI. Desde el año 2008 los agentes de aduanas estadounidenses han gozado de unos poderes extraordinarios para registrar a los viajeros y requisarles los aparatos electrónicos personales (Singel, ¶5). El pretexto para otorgarles esa competencia eran la lucha contra la piratería en el ámbito de la PI y la pornografía infantil (un tema que un portavoz de la industria discográfica aconseja explotar a los Big Media). Unidos a los recientes protocolos de «registros en la salida», estas competencias amplían las funciones de las patrullas fronterizas para que también velen por el cumplimiento de la legislación sobre PI. (14). Watts bromeaba después de que le hubieran confiscado los aparatos: «Espero que se diviertan con mis datos económicos, con los borradores de mis manuscritos y con los archivos jpeg subidos de tono (ninguno de los cuales exhibe niños desnudos en actitudes comprometidas, cosa que tal vez les decepcione)» («Happiness», ¶1). Su comentario desencadenó muchos mensajes de advertencia: «lo que quiera que haya en ese ordenador, acabará en el DHS», decía uno; mientras que otra le aconsejaba que «llevara el ordenador y el disco duro a su abogado e hiciera una copia forense». Y The Globe and Mail se centró en un reportaje en la siguiente cuestión: «El señor Watts dijo […] que lo que le sucedió se debía más a la brutalidad policial que a una búsqueda de información propia de Gran Hermano. “Pero tengo que reconocer que tengo esa sensación de invasión; ahora tienen acceso a todos mis datos económicos y, lo que es más importante, a todos mis mensajes de correo electrónico”» (¶9).

El caso de Watts produce un eco asombroso (o, al menos, irónico) con su obra. El periodista Stephen Humphrey señaló que en Maelstrom , la novela de Watts publicada en 2001, «unos policías matones apalea[ba]n a su antojo a unos ciudadanos» (¶1). Humphrey extrae una cita de Maelstrom para presentar su reportaje sobre el caso de Watts: «[…] “Técnicamente, por supuesto, no fue un ataque”, escribe [Watts]. “Ambos agresores llevaban uniformes y placas que les otorgaban el derecho a golpear a quienes quisieran” […] Aunque resulte irónico», prosigue Humphrey, «el pasado mes de diciembre se hizo realidad para Watts un pedazo de ese lamentable futuro». (¶2-3).

Y eso procede de una de las escenas más suaves de Maelstrom. La violencia extrema del futuro ficticio de Watts se equipara a la ferocidad de su heredero especulativo en Internet. La «vorágine» del título de la novela es como la gente llama a Internet a mediados del siglo XXI: una selva cibernética plagada de vida artificial, «pestilencia [y] depredación, criaturas con la vida sincronizada que se degüellan mutuamente sin cesar». Watts compara explícitamente esa «trituradora de carne» digital con el «ciberespacio» de Gibson, al que se alude como una coletilla pintoresca que evoca una «fantasía nostálgica» («Cascade»). La imagen hiperdarwiniana de la futura Internet representa así un comentario satírico sobre la competitividad, la adaptación y la lucha por la supervivencia de nuestra actual ecología digital.

«Todos los ciudadanos tienen la obligación de violar la legislación sobre copyright» (Poster, ¶26)

Karl Schroeder afirma que el caso de Watts «debería preocupar a todo el mundo […] puesto que el veredicto parece criminalizar “la razonable expectativa de comunicación” entre ciudadanos y agentes de policía» (citado en Godfrey, ¶6); unos agentes que ahora tienen competencias para registrar los equipos de comunicación de los ciudadanos. En el corazón del caso de Watts reside una crisis de comunicación y de privacidad que es estructuralmente intrínseca a la economía política emergente de la normativa sobre PI.

Al igual que los demás autores y textos aquí tratados, el «kafkiano» caso de Watts (Watts, Smoke, p. 17) demuestra el poder coordinado de las redes sociales y de sus representaciones en la ciencia ficción para movilizar la oposición frente a la cada vez más represiva normativa sobre PI, que pide que se cerquen los bienes culturales comunes… y, de paso, que se remodele Internet de arriba abajo. En una columna publicada hace poco en The Guardian, Doctorow ataca con violencia la nueva Ley de Economía Digital del Reino Unido, a la que califica de antiutopía al decir que es «la senda definitiva hacia el infierno dictatorial» (Digital Economy, 11). (15) Las estrechas interacciones entre ciencia ficción, medios de comunicación y cultura digital en general pueden ayudarnos a entender la copyfight como una batalla de clases global entre los emporios del capital transnacional (y los Estados que los financian con lo que Boyle denomina «bienestar empresarial perpetuo» [8-9]) y una multitud a la que se criminaliza tan sólo por utilizar las mismas tecnologías que desarrollan y distribuyen esos emporios. Al apoyarse en su capital social para contrainformar de la realidad actual desde los futuros posibles, la ciencia ficción moviliza la oposición a la confiscación de los bienes comunes culturales llevada a cabo por las grandes empresas y, a veces, puede incluso modificar el terreno sobre el que se desarrollan estos conflictos.

____________________________________

Notas

(0) En inglés, término para referirse con un juego de palabras a la lucha (fight) contra el copyright. (N. del T.)

(1) Véase Humphrey, de cuyo titular tomo esta ingeniosa expresión.

(2) Otros son Minister Faust , Nalo Hopkinson , Robert J. Sawyer o Margaret Atwood (de quien diría que es una autora de obras de ciencia ficción pese a que ella reniegue del género).

Atwood interviene con tweets en apoyo de varias causas; uno reciente promovía la Open Book Alliance , que se opone al esfuerzo coordinado de Google, la American Association of Publishers y el Authors’ Guild de «monopolizar el acceso, la distribución y la fijación de precios de la mayor base de datos digital de libros del mundo» (Mission, p. 2).

Descubrí WWW: Wake , la novela de Sawyer publicada en 2009, demasiado tarde como para analizarla en este artículo, cosa que debería hacer: su protagonista es un blogger ciego cuya capacidad de «ver la Web» asistido por una prótesis desencadena un debate sobre su valor de PI (véase el capítulo 29); al expresar una ética de código abierto mediante un protagonista caracterizado favorablemente, Sawyer invita con sutileza a sus lectores a identificarse con dicha ética. (Luego, una vez mas, Disney hizo tres películas en las que Johnny Depp interpreta el papel de un pirata al que se caracteriza favorablemente…).

(3) Sospecho que esa reafirmación de la tradición de la ciencia ficción en la nueva obra de Gibson también pretende, en parte, contrarrestar las críticas populares que entienden que pertenece más bien al género del «suspense» ( véase Rucker, ¶2; véase también «Pattern Recognition: Reception»). Por supuesto, la actitud del propio Gibson hacia la ciencia ficción es ambigua: «trata de evitar […] el edificio de la ciencia ficción en su conjunto» (citado en Rapatzikou, p. 37) y ha calificado su obra como una reacción «asqueada ante la ciencia ficción pura y dura» y «las expectativas de la industria de la ciencia ficción» (citado en McCaffery, p. 275).

(4) Los demás autores analizados mantienen puntos de vista similares sobre las complejidades del presente globalizado. En 1995 Gibson dijo que «el presente es más escalofriante que cualquier futuro imaginable que yo pudiera concebir» (citado en Lewis, ¶8); en una entrevista realizada en 2007 fue más contundente… y detallado:

Si alguien hubiera ido a ver a un editor en 1977 proponiéndole una novela de ciencia ficción en la que el escenario fuera el del año 2007, a nadie le habría gustado. Es demasiado complicado, tiene demasiados argumentos desmedidos de ciencia ficción: el calentamiento global, una enfermedad letal del sistema inmunitario que se transmite por contacto sexual, un ataque de unos terroristas locos a Estados Unidos, la invasión de un país equivocado. Cualquiera de estos elementos habría sido más que adecuado para una novela de ciencia ficción. Pero si alguien hubiera propuesto incluirlos todos y presentarlos como un futuro imaginario, seguramente no sólo le habrían enseñado dónde estaba la puerta, sino que habrían llamado al servicio de seguridad (Rolling Stone).

Watts entreteje cierto sentido del presente complejo y globalizado con el punto de partida y el escenario de su trilogía de Rifters: Maelstrom introduce la «Complex Systems Instability-Response Authority» o CSIRA [«Autoridad de Respuesta-Inestabilidad de Sistemas Complejos»], una agencia a la que se llama informalmente «la Patrulla de la Entropía» («Corpse»). La CSIRA tiene por misión ofrecer soluciones rápidas a las crisis sociales, tecnológicas y ecológicas que proliferan en el mundo malthusiano y postnacional existente tras la desaparición de la Corriente del Golfo a mediados del siglo XXI.

(5) A este respecto, la obra de Gibson expresa en forma de ficción preocupaciones compartidas por muchos nuevos críticos, especialistas y desarrolladores de nuevos medios; en una conversación sobre medios de comunicación social e investigación presentada a principios de este año, George Siemens afirmaba sin rodeos que «el problema de la privacidad es que no existe». Sin embargo, Gibson no es absolutamente crítico con el fin de la privacidad: «viene acompañada de un nueva variedad de transparencia inevitable […] A los políticos y a los gobiernos les va a resultar muy difícil guardar secretos» (Rolling Stone).

(6) Se puede decir que la refundición de ciberespacio e Internet que alcanzó su punto culminante a mediados de la «tecnorromántica» década de 1990 supuso la rápida popularización de la World Wide Web , el comercio electrónico, los motores prototípicos de «realidad virtual» y las escenas delirantes «ciberdélicas» (véase Streeter, p. 288; véase también Coyne).

(7) La próxima novela de Gibson, que aparecerá el otoño próximo, se titula Zero History .

(8) Sarah Brouillette sostiene que Neuromante «[se] centra en las relaciones estructurales que definen la cultura empresarial» (p. 203), hasta el punto de haberla convertido en «el texto canónico de la comunidad […] de la ciencia ficción, un texto que explica y codifica lo que ellos mismos entienden que se ha perdido a manos de sus antagonistas corporativos» (p. 205).

(9) El autor agradece al señor Doctorow que le haya aclarado su relación con BoingBoing.

(10) Doctorow describe lo que hace diciendo que es escribir durante (al menos) veinte minutos cada día («Writing»).

(11) Explotar el whuffie en la gestión de negocios en el mundo real resulta un tanto irónico, ya que en la novela de Doctorow la «economía del prestigio» de la que el whuffie es moneda ha sustituido por entero a la economía monetaria.

(12) Digamos también de paso que la novela dedica tantas acotaciones a analizar software y sistemas de seguridad que me ha resultado imposible diferenciar la realidad tecnológica de la ficción: en cuanto descubrí que el sistema operativo «Paranoid Linux» de la novela era ficticio, leí que unos programadores reales habían tratado de desarrollarlo, si bien en la actualidad el proyecto parece estar abandonado.

(13) Eso también quiere decir que Watts puede redistribuir su trabajo en ediciones que se ajusten más a su concepción artística que a las prioridades de recuento de páginas de los editores en papel ( véase su Nota del autor para la edición electrónica de ßehemoth).

(14) Basta preguntar a June, que antes de viajar a Estados Unidos el año pasado se desvivió por avalar con documentos que era la legítima propietaria de las películas que almacenaba en su portátil. Cuando viajé a Filadelfia el año pasado me aprovisioné de música en el portátil; curiosamente, iba a dar una charla sobre la práctica de los DJ, una modalidad cultural que quebranta intrínsecamente la PI. Una universidad de la Columbia Británica ha distribuido recientemente una nota interna en la que advierte a los profesores que viajen a Estados Unidos que lleven las memorias de sus aparatos lo más vacías posible y que guarden una copia de seguridad de toda la información que transporten; según parece, un profesor perdió una investigación original de la que no tenía copia porque se la confiscaron en la frontera (Stefanick).

(15) Tras las elecciones en el Reino Unido están apareciendo informaciones de que los políticos británicos ya están pensando en la posibilidad de revocar la Ley de Economía Digital (Masnick).

Referencias citadas

Anderson, Nate, «Screw you, Internet? Digital Economy bill passes in the UK», Ars Technica , 8 de abril de 2010.

Atwood, Margaret, @MargaretAtwood [Twitter].

——— , Blog.

——— , Oryx and Crake (2003). Toronto: Random House Seal, 2004.

——— , Year of the Flood. Toronto: Random House, 2009.

Boyle, James, The Public Domain: Enclosing the Commons of the Mind. Yale University Press, 2008.

Brouillette, Sarah, «Corporate Publishing and Canonization: Neuromancer and Science-Fiction Publishing in the 1970s and Early 1980s», Book History 5 (2002): 187-208.

Clark, Campbell, «Canadians don’t forfeit right to privacy at border, Obama official says: But science fiction writer’s detention a reminder that searches can be intrusive», The Globe and Mail, 14 de diciembre de 2009.

Coyne, Richard, Technoromanticism: Digital Narrative, Holism, and the Romance of the Real . Cambridge: MIT Press, 2001.

Creative Commons Canada [sitio web].

«Digital Millennium Copyright Act», Wikipedia, 11 de mayo de 2010.

Doctorow, Cory, Content: Selected Essays on Technology, Creativity, Copyright, and the Future of the Future. San Francisco: Tachyon Publications, 2008.

——— , Craphound.com [blog].

——— , «Digital Economy Act: This means war» , The Guardian, 16 de abril de 2010.

——— , @doctorow [Twitter].

——— , Down and Out in the Magic Kingdom . Nueva York: Tor, 2003.

———, correo electrónico remitido al autor, 14 de mayo de 2010.

——— , Little Brother (2008). Nueva York: Tom Doherty, 2010.

——— , «Music industry spokesman loves child porn», BoingBoing , 28 de abril de 2010.

——— , Overclocked: Stories of the Future Present. Filadelfia: Running P, 2007.

——— , «Radical presentism», Tim House Blog, 6 de octubre de 2009.

——— , «William Gibson explains why science fiction is about the present», BoingBoing , 8 de julio de 2007.

——— , «Writing in the Age of Distraction», Locus Magazine, 7 de enero de 2009.

Electronic Frontier Foundation (EFF) [sitio web].

Esguerra, Richard, «The Entertainment Industry’s Dystopia of the Future», DeepLinks [blog]. EFF, 14 de abril de 2010.

Faust, Minister, The Bro-Log [blog].

——— , The Coyote Kings of the Space Age Bachelor Pad . Nueva York: Del Rey, 2004.

Foucault, Michel, «What is an author?», en The Foucault Reader, Paul Rabinow (ed.), Nueva York: Pantheon, 1984, pp. 101-120. (Hay edición en español en Obras esenciales (vol. 1): Entre filosofía y literatura . Barcelona: Paidós, 1999. Se puede consultar una versión independiente de este texto en Internet en la dirección http://148.206.53.230/revistasuam/dialectica/include/getdoc.php?id=286&article=305&mode=pdf).

Geist, Michael, «The ACTA Threat: My Talk on Everything You Need to Know About ACTA, But Didn’t Know to Ask», Michaelgiest.ca [blog], 12 de noviembre de 2009.

——— , «Covering the Return of the Canadian DMCA», Michaelgeist.ca 6 de mayo de 2010.

Gibson, William, Blog.

——— , @GreatDismal [Twitter].

——— , Neuromancer. Nueva York: Penguin Ace, 1984. (Hay edición en español: Neuromante, traducción de José Arconada Rodríguez y Javier Ferreira Ramos. Barcelona: Círculo de Lectores, 1998.)

——— , Pattern Recognition (2003). Nueva York: Berkley, 2004.

——— , «Rolling Stone 40th anniversary issue interview with William Gibson», Rolling Stone, noviembre de 2007.

——— , Spook Country (2007). NuevaYork: Berkley, 2008

Godfrey, Laura, «Sci-fi community reacts to author Peter Watts’ guilty verdict», Quill and Quire , 23 de marzo de 2010.

Hollinger, Veronica, «Stories about the Future: From Patterns of Expectation to Pattern Recognition», Science Fiction Studies 33.3 (2006): 452-72.

Hopkinson, Nalo, Nalo’s Blog.

——— , @nalohopkinson [Twitter].

Humphrey, Stephen, «Dystopia now: the new abnormal for convicted novelist Peter Watts» , Toronto NewsFIX , 23 de marzo de 2010.

Hunt, Tara, The Whuffie Factor: Using the Power of Social Networks to Build Your Business . Nueva York: Crown Business, 2009.

——— , The Whuffie Factor [sitio web].

Jameson, Frederic, «Fear and Loathing in Globalization», New Left Review 23 (2003): 105-14.

——— , «Progress versus Utopia», Science Fiction Studies 9.2 (1982): 147-58.

Jenkins, Henry, Convergence Culture: Where Old and New Media Collide . Nueva York: New York University Press, 2006.

Lessig, Lawrence, Free Culture: How Big Media Uses Technology and the Law to Lock Down Culture and Control Creativity. Nueva York: Penguin, 2004. (Hay edición en español: Por una cultura libre: cómo los grandes grupos de comunicación utilizan la tecnología y la ley para clausurar la cultura y controlar la creatividad. Traducción de Antonio Córdoba ; edición de Javier Candeira. Madrid: Traficantes de sueños, 2008.)

——— , Remix: Making Art and Commerce Thrive in the Hybrid Economy. Londres: Bloomsbury, 2008.

Lewis, Peter H., «ON LINE WITH William Gibson; Present at the Creation, Startled at the Reality», The New York Times , 22 de mayo de 1995.

Masnick, Mike, «UK Politicians Looking to Repeal Digital Economy Act», Techdirt, 19 de mayo de 2010.

McCaffery, Larry, «An Interview with William Gibson», en Storming the Reality Studio: A Casebook of Cyberpunk and Postmodern Fiction. Durham: Duke University Press, 1991, pp. 263-285.

Open Book Alliance, «Mission», Open Book Alliance, 2009.

« Pattern Recognition : Reception», Wikipedia , 25 de enero de 2010.

Poster, Mark, «Who controls digital culture?», Fast Capitalism 1.2 (2005).

Rapatzikou, Tatiani G., Gothic Motifs in the Fiction of William Gibson. Amsterdam: Rodopi, 2004.

RiP: A Remix Manifesto, documental dirigido por Brett Gaylor, NFB, 2008.

Rucker, Rudy, «Logomancer» [crítica de Pattern Recognition ]. Wired 11.2 (febrero de 2003).

Sawyer, Robert J., Blog.

——— , @RobertJSawyer [Twitter].

——— , WWW: Wake. New York: Ace, 2009.

Siemens, George, «The potential impacts of social media on social research and scholarly communication», Annual Research Forum, Universidad de Athabasca, 27 de abril de 2010.

Singel, Ryan, «Border Agents Can Search Laptops without Cause, Appeals Court Rules», Threat Level: Privacy, Security, Politics and Crime Online. Wired Blog Network: Threat Level, 22 de abril de 2008.

Smith, Peter Jay, «The Anti-Counterfeiting Trade Agreement (ACTA): Enclosing the Internet?», Congreso de la Sociedad de Estudios Socialistas [Society for Socialist Studies], Universidad de Concordia, Montreal, 31 de mayo de 2010.

Stefanick, Lorna, correo electrónico remitido al autor, 15 de abril de 2010.

Streeter, Thomas, «Romanticism in Business Culture: The Internet, the 1990s, and the Origins of Irrational Exuberance», en Toward a Political Economy of Culture: Capitalism and Communication in the Twenty-First Century , Andrew Calabrese y Colin Sparks (eds.). Lanham: Rowman & Littlefield, 2004, pp. 286-306.

Watts, Peter, ßehemoth. Nueva York: Tor, 2004.

——— , Maelstrom (2001). Nueva York: Tor, 2009.

——— , «Detox. Recharge», No Moods, Ads, or Cutesy Fucking Icons [blog], 2 de mayo de 2010.

———, correo electrónico remitido al autor, 16 de mayo de 2010.

——— , «Happiness is a Warm Parka. And Friends I Didn’t Know I Had», No Moods, Ads, or Cutesy Fucking Icons, 13 de diciembre de 2009.

——— , «Not the Best of Possible Worlds», No Moods, Ads, or Cutesy Fucking Icons, 11 de diciembre de 2009.

Se autoriza la publicación de esta página mediante una licencia de Creative Commons Attribution 2.5 Canadá: se puede compartir, distribuir y modificar, pero se debe citar al autor.
Mark A. McCutcheon, Universidad de Athabasca

Sesión sobre Capacitación y Comunidad Online (presidenta, June Madeley )

Congreso de la Sociedad de Estudios Socialistas, 31 de mayo de 2010

La FLI(A), crónica de un mundo paralelo.

La FLIA (Ferial del Libro Independiente y Autónoma) es, ni más ni menos, que una feria de libros, arte y música que está por fuera de los circuitos comerciales que todos conocemos. Si se tiene en cuenta el lugar donde fue realizada, el estacionamiento de Facultad de Sociales, queda de manifiesto, de cierta forma, la orientación de esta feria.

Afiche de la FLIA para el 8 de diciembre de 2010.

Ya sabía que me iba a encontrar con un ambiente cordial, con un marco político muy afín a las ideas de izquierda e inmerso en la lucha social; el micrófono abierto, música latinoamericana, rock, poesía y la arenga constante a no bajar los brazos ante tal o cual lucha de los trabajadores. El calor y un poco de viento, que hacía que el estacionamiento al aire libre no fuera un verdadero infierno, pasaba entre los stands.

Recuerdo hace ya muchos años, cuando llegó mi turno de elegir continuar mis estudios en la universidad, antes de terminar el secundario, la UBA no estaba en mis planes. La politización interna de la Universidad de Buenos Aires era para mí terreno ajeno. La política me importaba un carajo y generó con el tiempo un tipo descreido, que ama vivir en democracia pero que eligió ser un verdadero ateo político.

Entonces, ¿por qué fui? Primero porque no estar de acuerdo con ciertos aspectos de la vida de otros, ideas y formas de llevarlas a cabo no iba a hacer que no pudiera disfrutar de este evento. ¿Cuánto de hippie tenemos nosotros autoeditando desde hace 15 años, yendo a las convenciones a atender un stand cada vez que somos invitados? La primera vez que me hallé solo detrás de la mesa cubierta por un mantel con mis revistas encima me di cuenta de que había pasado una línea, que había cedido ante los prejuicios a formar parte de la fauna feriante, a ser uno más dentro dentro de un esquema que está por fuera de cualquier circuito comercial, y en el caso de los comics, casi puedo aseverar que está por fuera de todo. Así, hace años, me planté como parte de un sistema de distribución, comunicación y artísitico under, independiente o como gusten llamarlo.

¿Viste lo mismo que yo? Sí, comics, ¿no?

¿Cuánto tenemos en común? Mucho. Dejo la política de lado porque no cambiaron mis ideas respecto de ella, pero mucho. De alguna manera todos luchamos por mantenernos a flote en un circuito que se alimenta de la gente que participa desde adentro y de los que vienen de afuera, quizás con la inquietud de buscar o encontrar algo más, lo distinto pero esta vez, por fuera de lo impuesto por un mercado editorial compuesto por grandes grupos paquidérmicos y de escaso acceso para el común de los escritores o pequeños editores.

Pero la FLIA también es esa parte de resistencia que hoy se ve muy marcada por el uso de la tecnología a través de internet, el sharing entre usuarios, compartir la obra de otro. Pequeños libros, autores difíciles de ser leidos porque su obra está descatalogada o porque (para variar) quien edita su obra pone precios europeos a las ediciones locales, haciendo inaccesible al autor y sus escritos. Bolaño es uno de ellos, y no porque yo sea un lector acérrimo de su obra, nada que ver. Pero sí tengo amigos que lo leen y gustan de la buena lectura, pero la bueno vale su peso en dólares. Por eso, recorriendo los pasillos, vemos formatos extraños, con autores difíciles de conseguir y/o comprar en ediciones paralelas al alcance del público en general.

Queda la grata sensación de que la visita a la FLIA del 8 de diciembre fue muy productiva, una jornada distinta, sin el aire acondicionado de La Rural, sin grandes marcas ni monopolios; me quedo pensando en el acceso a los libros, una gran parte de nuestra cultura; hoy una forma de cultura cada vez más elitista ya no por cuestiones de capacidad intelectual, sino por la inaccesibilidad muy marcada por precios que no son acordes a la realidad. Una y otra vez la política me importa un carajo, pero acabo de meter la cabeza de lleno en ella al escribir estas líneas. Bienvenidos a una dimensión alternativa en la calurosa Buenos Aires. ¡Bienvenidos al mundo de la FLIA!


Jack Sparrow, un amigo en común.

Bueno, hemos conversado mucho dentro del blog y fuera de él sobre los temas que expuse en el primer post Mi amigo Jack Sparrow.

Es un tema que da para largo y ,particularmente, me gusta cada día más. Entre la docena de libros a medio leer (y que leo en cuotas), hay uno al que le estoy poniendo especial atención: Remix: Making art and commerce thrive in the hybrid economy de Lawrence Lessig. Debajo, y siguiendo la lógica del Remix, la mención de autores y sus frases célebres, no puedo más que dejarles este pequeño fragmento del libro en cuestión en su idioma original. Sí, no me pidan que traduzca porque es un trabajo que no me cabe ni medio, me aburre mucho, aunque me pareció interesante dejar sobre el tapete este tema una vez más para que nos demos cuenta de que cortos de mente son siempre los mismos sin importar la época.

Una de las portadas del libro de Lawrence Lessig.

In the late 1960s, Xerox gave us a technology to copy texts. In the mid- 1970s, technologists gave consumers a device designed to record television shows. That device thus “copied” copyrighted content without permission of the content owner. In 1976, Disney and Universal filed a lawsuit against the maker of that device, Sony.

Eight years later, the Supreme Court excused the copying, finding that consumers’ actions were protected by the doctrine of “fair use.”  Similarly, in the 1980s there was an explosion of devices for copying cassette tapes. The content owners complained that people were using these devices to copy copyrighted content without the permission of the copyright owner. Congress ordered an extensive study of the practice.

That study concluded that 40 percent of people ten and over had tape- recorded music in the past year; that the tapers had a greater interest in music than nontapers did; that most were “ place- shifting”— “shifting” the “place” the copyrighted material would be played; that taping displaced some sales and inspired others; and that both tapers and nontapers believed “that it was acceptable to copy a prerecorded item for one’s own use or to give to a friend.”