Me verás volver.

El título lo tomé prestado. Esta vez, la creatividad para los titulares vino de la mano de una amiga (gracias, Meli). Si te suena de algún otro lado, en este caso, no tiene demasiada importancia.

El motivo de este post es que escribí una crónica sobre mi paso por la universidad que, a esta altura de mi vida, es como ir a probarse a un club para ver si quedás seleccionado (y una vez más, no quedé).

Sin embargo, de todo esto que parece terrible, saqué muchas cosas interesantes y, como suele pasar, también conocés gente interesante, de una lado y del otro del aula.

Mi derrotero lo narro a través de esta pequeña crónica que tanto me gustó escribir. Además, quiero agradecer a Luz Marus y Fran Cascallares, directora y editor de la Revista La Única de Buenos Aires por permitirme participar en esta edición.

Cosas que pasan, gente que se queda. Historias que contar.

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Cómo escribir (con y) sin obstáculos.

El otro día, una amiga a la que quiero mucho me dijo, palabras más o menos, que la vida es neutral (ni buena ni mala) y que lo que nos pasa es porque estamos configurados, en cierta forma, para que aquello o esto otro nos afecte. Pero también considero que, ante determinadas situaciones, con una buena predisposición y apertura, terminamos siendo permeables a que nos pasen cosas inesperadas y que nos sacan una buena sonrisa (de esas con muestra plena de todas las piezas dentarias).

Durante 2013 cursé en la universidad una vez más y me crucé con Luciano Lutereau, profesor de Arte Contemporáneo. Entre charlas y más charlas, comenzamos a conocernos un poco más allá de la relación  profesor-alumno.

Luciano es, además, el editor del sello independiente Pánico el Pánico. Hasta acá, todo parecería un linda coincidencia si no fuera porque en el medio de toda esta cuestión estaba la publicación del primer libro de mi amigo Francisco Cascallares. El libro salió hace poco más de un mes, quizás dos; no pidan de mí más que este torpe acercamiento cronológico. La edición en cuestión es “Cómo escribir sin obstáculos”, una hermosa antología de cuentos que salió bajo la colección Lluvia Dorada.

A poco de salir publicado el libro, Luciano me preguntó a la salida de una clase si quería escribir la contratapa del libro, algo sobre el autor desde una mirada personal. “El libro está dedicado a vos también”, me dijo y yo, que ya estaba pensando qué iba a escribir, acepté sin dudar.

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En todo esto también estoy involucrado porque todo lo que narré anteriormente es parte de una anécdota que tiene implícitas muchas más cuestiones con las que no quiero aburrir.

Hace unos años, casi a modo de capricho, decidí que quería escribir un libro, como si esto fuese tan simple. El capricho dejó de ser tal y la empresa en la que me estaba embarcando me empezó a generar dudas dada mi ignorancia del abordaje de esta cuestión. Y acá, una vez más, comienzan los apoyos inesperados o esas pequeñas cosas que hacen que sientas que es algo factible de ser realizado, incluso por mí. Con más de 20 años de publicidad encima y sin tener que dar muchas explicaciones, no voy a escribir sobre mi profesión. Cada uno saque sus conclusiones. Para mí, desde hace años, la comunicación tiene otras facetas que fui descubriendo y sobre las que quiero profundizar. El resto son cosas inesperadas que suceden cuando te cruzás con gente que te suma.

De yapa, les dejo la lectura de uno de los cuentos de “Cómo escribir sin obstáculos”:

More Moore.

No suele aparecer mucho pero cada vez que lo hace deja bien claro lo que piensa. Hace unos años compré un librito con una entrevista muy interesante en la que ya dejaba más que clara su postura sobre el mundo de los comics y la adaptación de sus obras a película. El libro del que hablo es Alan Moore’s Exit Interview de Bill Baker. Si podés conseguirlo, mejor. Mientras tanto, quiero dejarles dos videos, uno es una entrevista para el programa HardTalk y el otro, un Moore que sale a la calle a hablar con los manifestantes del movimiento Occupy que captaron gran parte de la atención de la prensa hace unos meses y que, como lo hiciera el grupo Anonymous, usan la máscara de Guy Fawkes, personaje principal de V for Vendetta.

#StopSOPA

La suma de las partes.

Me resulta muy difícil dejar de lado el trabajo en equipo. Hoy, en otro momento de mi vida, más en solitario y marcando mi propio rumbo, extraño el trabajo en conjunto. Tampoco es que mi trabajo hoy me exija la soledad absoluta al punto del ostracismo. Ahora trabajo de otra manera, solo que el equipo no lo tengo a mi lado.

Tengo claro que soy, en gran parte por aquellos que me rodearon, un tipo de persona, de profesional que posiblemente no habría sido el mismo sin ese aporte, sin las noches interminables con algún pitch impresentable. Todo esto, aunque ya les esté sonando a despedida y tenga el sabor salado y tibio de las lágrimas, no es ni más ni menos que una exaltación de algo que para mí es muy importante: la colaboración.

Según estos chicos de la Real Academia Española en su versión online, colaborar es algo así:

colaborar. (Del lat. collaborāre).
1. intr. Trabajar con otra u otras personas en la realización de una obra.

Stop. Síganme porque voy a andar por un camino paralelo por un momento. Leía hace un tiempo que cuando los japoneses comenzaron a meter sus animé (dibujos animados) a mediados de los años 60 en el mercado occidental, concretamente, en el poco educado país del norte. Imaginen el horror al ver a Astro Boy (1963) o Speed Racer (1967) y para finales de la década llegaron a la conclusión de que el contenido era inapropiado para los pobres niñitos americanos. Aunque debo reconocer que los japoneses siempre fueron un poco más allá y siempre recurro a la misma anécdota: aquellos que hayan recorrido parte de su niñez en los 80 recordarán a Mazinger Z. Hasta acá, nada raro. Pero este dibujo animado contaba entre sus filas con el primer travesti que yo recuerde haber visto en televisión, aun sin saber qué cuernos era un travesti. Y no hablo de otro/a más que el Barón Ashler. Esto, sin profundizar en los “cohetes” de Afrodita o en el Conde Decapitado.

El Conde decapitado
El Barón Ashler.
Afrodita
Afrodita.

Al comenzar la industria del VHS, los fans americanos debieron sortear la barrera del idioma para poder consumir aquel material proveniente de la tierra de los samurais. Misma norma entre países (NTSC) y llegamos a fines de la década del glam rock que dio lugar al inicio del “fansubbing”, como se conocía a subtitular películas provenientes de Japón al inglés. La tecnología lo permitía y todo se hizo más simple. Este trabajo lo realizaban los fans que lograban de esta manera redistribuir el material y ponerlo en manos de otros fans que, por supuesto, no sabían japonés. Creo, a mi entender, que este es un buen ejemplo de colaboración. No sé si habrán habido quejas por parte de las productoras niponas por este accionar que hoy podríamos englobar dentro del concepto “piratería”. Claro que, de no ser por estos fans, habría sido muy difícil lograr avanzar hacia un mercado marcadamente occidental y con ciertos reparos para darle rienda suelta al acceso de los niños a este tipo de material. Stop.

De vuelta al punto inicial.

La colaboración puede tener la desventaja de tener muchas manos involucradas, algo que con reglas claras puede ser muy saludable. Desde Wikipedia hasta comunidades de fanáticos que comparten materiales, opiniones e ideas, generando algo aún mayor que lo que podrían haber hecho (si llegaban a hacerlo) cada uno de sus integrantes por separado, se viene dando esta situación.

Colaborar, trabajar en equipo, es una de las cosas más importantes en mi carrera profesional y está ligada, muy íntimamente, a meterme el ego en el culo. Bien al fondo. Si mi ego pudo ser escondido, creo que en otros ámbitos, un poco de sensatez generaría resultados muy favorables para muchos.

Pienso en las grandes editoriales que miran con espanto como una red distribuye y vende publicaciones apócrifas (así es como las llaman) de sus propias publicaciones originales a mitad de precio en puestos callejeros y en plazas de Buenos Aires. Pienso que ese material no está escaneado, tal vez me cuesta pensar en alguien scaneando las 600 páginas de Harry Potter. Es el mismo pensamiento que me cruza la mente cuando dos semanas antes del lanzamiento oficial, un disco está completito en todos los sitios de descarga. Alguien filtra el material.

A modo de pequeña anécdota, el otro día conocí a un escritor (un verdadero impresentable sin códigos) que está por publicar un libro. La editorial que va a poner eso en la calle le armó un site con muy poca onda y sin tener en cuenta las posibilidades que podrían brindar un espacio en la web como promotor del material. Ante mi pregunta sobre el texto del libro allí colgado, me contestó que solo podía poner 1000 palabras, cuando para mí, lo lógico era colgar de manera gratuita el primer capítulo. La conversación derivó en la siguiente frase: “La editora me preguntó a mí (por el autor) qué era un ebook.”

Con estas capacidades limitadas para generar soluciones ante una situación que pareciera no tener salida alguna, las editoriales, discográficas, etc., solo pueden recurrir a la justicia y a hacer lobby en los parlamentos para hacer valer el poder económico que, por inoperancia propia y falta de capacidad para adepatarse, no pueden seguir manteniendo.

Ya escribí sobre la educación, algo al menos. Si en vez de hacerme comprar 5 ó 6 libros de autores diferentes para leer estudiar solo unos pocos capítulos, la fotocopiadora no tendría sentido, o al menos perdería parte de él. Las casas de fotocopias deben pagar un canon por la fotoduplicación de material con derechos, ¿realmente lo hacen? ¿cómo se controla esto? ¿Se controla? Porque recurrimos a este sistema de copia, muchas veces, por falta de recursos para acceder a todo lo que nos solicitan.

Universidades, escuelas y cualquier entidad educativa podría tener los contenidos específicos de la carrera, materia o plan de estudios. Esto, como opción a la compra innecesaria a la que hice mención anteriormente. Si tomamos aquellos capítulos y autores que son útiles para cada programa, podríamos estar hablando de un libro con variedad de contenidos y autores, material específico para cada necesidad. ¿Las universidades no pueden ponerse de acuerdo para negociar algo semejante con las editoriales? El negocio está en que no se dejan de pagar derechos por “fraccionar” la información. Cada entidad educativa tendrá que pagar la parte correspondiente por el contenido solicitado y ahorrarían varias compras inútiles a los estudiantes. El tema está en que si no saben de qué van las nuevas tecnologías, para qué sirven y cómo sacarles provecho, es muy difícil que puedan pensar de manera colaborativa. Posiblemente esto ya se esté haciendo en algún lugar del mundo, pero me queda esa extraña sensación de que si no lo vemos en un noticiero televisivo, la idea no es válida ni siquiera para tirarla sobre la mesa y conversarla.

Ante todo cambio, la reacción primaria es el miedo a lo desconocido que viene de la mano de la prohibición y ya ven que por más juicios, gente presa, bajas de sites, etc., todo sigue como antes, porque aquellos que manejan la tecnología y lograron entenderla, encuentran nuevas formas de seguir adelante.

Con libros cada vez más caros y sin ningún tipo de plus en su producción o contenidos, puedo no compartirlo, pero entiendo que la gente busque alternativas para el acceso a la cultura, sea cual fuere la índole del artículo. ¿O no se pasan haciendo campañas publicitarias y acciones de marketing para promocionar artículos que solo están al alcance de unos pocos? Y el resto, bien gracias.

Creo que se pueden hacer cosas si se unifican esfuerzos y criterios. Creo que se pueden generar mejoras. Creo que se puede. Pero los grupos económicos son así, son todas para ellos: el dinero, la distribución, los contenidos. Vos, yo, todos, como lectores o espectadores (hasta como simples consumidores y nada más) somos los que, en definitiva, terminamos de darle sentido y real valor a lo que esta gente nos quiere hacer consumir. Sin nosotros, no existiría la casi básica colaboración que se debería de dar entre el producto o servicio publicitado y quienes tendríamos el rol de consumirlo. Faltan ideas, sobran los vivos…

Algunas referencias: Libros pirata, la nueva amenaza (La Nación).

Jenkins, Henry, Convergence Culture.

Un cacho de cultura.

Cada vez que pienso en la educación de mis hijas, no logro sacar de mi cabeza “colegio”, palabra que va estrechamente ligada a una cuota con un cierto gustito a sal.

De hecho, yo fui a colegio y no a escuela, aunque todo debería tener el mismo nombre y solo diferenciarse por ser estatal o pública y privada. Pero el caso es que, cuando era chico, la escuela aún gozaba de buena salud y el guardapolvo blanco era una marca registrada.

Creo que todo olía a cierto respeto, de los padres hacia los maestros y viceversa. Hoy los padres saben más que los maestros y no aceptan malas notas, castigos o penitencias, como si fuera una reacción en contra de todos los sufrimientos que les hicieron parir de chicos.

¿Qué nos pasa? Primero, que no entendemos límites de ningún tipo, nos da todo igual, nos pasamos las leyes y las normas por el forro y echamos nuestras culpas sobre nuestro vecino. Esto es un tema más sociológico y mi competencia en el tema (aunque me gusta y mucho) no es suficiente.

Lo que cambió en la escuela, además de la payasada del Polimodal, es que dejamos (no todos) las tizas y ahora escribimos en pizarras con marcadores. Un avance que da vértigo. Lo que nunca cambió fue la implemtación de políticas económicas excluyentes; el que puede accede, el que no, se jode. ¿Qué ven los chicos cuando hablan de su futuro? ¿Ven algo tangible? A mí queda esa sensación de que estamos en la época más punk de todas y donde el No Future de Rotten se vislumbra claramente. Espero que solo sea una exageración pero yo no puedo contestar a esas preguntas (y eso que soy un pibe).

Por nuestra profesión estamos acostumbrados a presentar un PPT con una portátil y un cañón/proyector. Parece básico pero en muchas escuelas/colegios aún gozan de las bondades de una videocassetera. Y me pregunto si teniendo en cuenta como son los chicos hoy, lo prematuros que son para lo bueno y lo malo, no deberían modificar la manera de dar los contenidos. Pienso en el bodoque de manual que nos hacían comprar todos los años y me da escalofríos, las mismas fotos, los mismos textos, algunas infografías nuevas y la historia narrada, una y otra vez como en los manuales. Esto tiene que ver con el contenido.

La forma se sigue repitiendo y seguimos haciendo láminas para decorar el pasillo de la escuela. No lo tomen como algo a lo que me opongo, me gusta que los chicos jueguen con las manualidades (siempre y cuando las hagan ellos) pero no solo de láminas vive el hombre.

Los chicos de hoy son hijos de la pantalla, ni siquiera los voy a poner bajo el mote de “nativos digitales”, pero su forma de consumo de los contenidos es muy diferente a la nuestra y para que ellos aprendan, entiendan y participen, debemos hablarles en el mismo idioma. ¿Por qué reaccionan los chicos de ciertas edades al dinosaurio Barney casi sin excepción? Porque el mamotreto violeta ese les habla en su idioma, con sus códigos. Los programas los arman productores, creativos y pedagogos a la caza de un espacio que es negocio siempre: bajan línea (sobre todo valores), muestran todo lo lindo que el mundo puede ser si somos como en la tele y después llega el merchandising, los contenidos audiovisuales, las obras de teatro…

El tema es que pasan los años y seguimos enseñando lo mismo con ciertas modificaciones y de la misma forma. ¿No debería ser la escuela donde realmente los chicos pudieran desplegar todo su potencial creativo sea cual fuere su índole? ¿No deberíamos estimularlos para que nunca dejen de pensar creativamente aunque su vocación sea la neurología?

Hace dos semanas me topé con este video mientras preparaba la clase que me tocaba dar el miércoles siguiente. En realidad no me tropecé con el video por casualidad, sino que el link apareció en una ventana de chat gracias a Guido Lancellotti (@guidoslancelot). “Esto te va a gustar”, me dijo y tenía razón, porque mucho de lo que pienso sobre este tema sin poder ponerle un orden, Ken Robinson lo puso en palabras. Vean el video del TED 2006, vale la pena.

Por supuesto que mi idea no pasa por querer o pretender que todos piensen como creativos publicitarios, preferiría que no lo hicieran. Solo pienso en intentar no “encorsetar” la vida de los chicos; veo la escuela como una especie de “servicio militar” (por favor, es un ejemplo) donde se los prepara para algo que, lamentablemente, difiere mucho de lo que hay una vez terminada la secundaria.

Escuché en un programa de TN como María Laura Santillán se regodeaba ante las palabras de los españoles que se vinieron a vivir a Buenos Aires por la crisis. “Es mentira que en la Argentina los chicos no leen”. Sí, este país está lleno de cultura, de teatros llenos, de cines, de espectáculos de toda índole, pero la cultura escrita es solo para pocos. Parte es una gran falta de interés de los más jóvenes y parte (algún día espero que las editoriales hagan un mínimo mea culpa) es por los costos de los libros. Ni siquiera me detendré en temas de libros electrónicos ni en los dispositivos para leerlos.

Si leyeran, no vería las burradas que leo a diario de chicos que empiezan a trabajar. Si leyeran, la competencia cultural de los más jóvenes sería más amplia. Peor aún, muchos se envalentonan porque al parecer leen la sección deportiva del diario del domingo. Creo que la disciplina o la firmeza en el ámbito educativo tiene que estar orientada hacia una mejora sistemática de las formas para que, tiempo mediante, los chicos puedan enamorarse de alguna manera de aquello que hacen como parte de su formación.

Mi vieja es docente pero ejerció muy poco tiempo. Cuando yo no tenía más de 10 años comenzó a dar clases de apoyo particular por esas cosas que pasaban (y pasan) en las casas de muchos: un sueldo no alcanzaba. Lo que recuerdo eran los dictados de mi mamá que, en muchos casos, eran compartidos por otros de los chicos de la mesa, y casualmente, la mesa era redonda. Odiaba a mi mamá y sus dictados de libros con olor a poliya muerta en la época de los faraones, pero con el tiempo me di cuenta de algo: mi vieja nos trataba a todos iguales y eso yo no me lo bancaba porque no sentía que tuviera los problemas de aquellos que me acompañaban. ¿Saben qué? Gracias a mi vieja aprendí a escribir y a leer en voz alta. Hace unos años, sorprendido por la cantidad de animaladas diversas que tuve que leer en una agencia, volví a mi casa y le di las gracias.

Mi mamá no entendía de nuevos métodos pedagógicos de enseñanza. Mi vida pasaba entre el fútbol en el colegio, unos comics que guardaba con celo debajo de mi cama y He-Man. Eran los 80′s y veía un rato de tele para almorzar y después no se volvía a encender hasta la hora de la merienda. Cinco canales, nada más.

Ahora vivo con mi familia a tres cuadras de una biblioteca municipal grande. Cada vez que voy a llevar algunos libros me quedo hablando con la señora que atiende, que estimo tiene más de 70 años. Me quedó grabado lo que me dijo la última vez después de putear de manera muy solapada al intendente por su pésima política cultural/educativa: “Este lugar, hace muchos años estaba lleno de libros. Ahora es solo la mitad. Si no fuera por las clases de yoga, dibujo y demás, esto debería estar cerrado. Acá, con suerte, vienen algunos chicos de la facultad.” Me fui con una angustia…

Un libro no te enseña a leer (sea físico o electrónico) ni a escribir pero puede darte algo que te está faltando. San Martín no cruzó los Andes en un burrito muerto de hambre ni El Aleph es solo una letra del alfabeto hebreo. Pero si no empezamos a generar un cambio que pueda motivar a los chicos para que no crean que leer y estudiar (aunque sea ballet o kung-fu) es solo un trámite que les insume sus días y que no tiene ningún tipo de utilidad, entonces, será muy factible que para ellos, Inodoro Pereyra sea solo una marca de sanitarios.

N. de A.: pueden ver esta entrada en Hacé Pogo y disfrutar, además, de opiniones de otros profesionales.